miércoles, 6 de noviembre de 2013

NI DE JEREZ O TEPETONGO, ¡DE VILLANUEVA!

Periódico "Orientación" en el que aparece la entrevista a Dámaso Muñetón.
Fotografía de Bernardo del Hoyo Calzada
DÁMASO MUÑETÓN, ARTÍFICE DE LA ARQUITECTURA EN ZACATECAS...

En el periódico zacatecano “Orientación” del 3 de septiembre de 1932 aparece una entrevista que aclara definitvamente el origen de Dámaso Muñetón, cuya fecha y lugar de nacimiento se basaba en suposiciones. La copia de ese periódico la tiene Bernardo del Hoyo Calzada.
El reportero hace una descripción del personaje diciendo que “...viste sencillas prendas de kaki amarillo obscuro, camisa blanca y limpia a rayas azules y sombrero de paja. De estatura pequeña, de tez morena, curtida bajo los soles de dos siglos. Lentes con arillos de metal y bigote entrecano. El conjunto de su persona revela inteligencia: su frente es despejada y sus ojillos adquieren movilidad que penetra todas las cosas, con profundidad y sin malicia.”
Y ya entrado en la plática, Dámaso cuenta al entrevistador que “Nació en el rancho de “LA BOQUILLA”, DE LA JURISDICCIÓN DE VILLANUEVA, el día 11 de diciembre de 1863”.  Y refiere luego que sus padres lo dedicaron al trabajo del campo hasta los 20 años. En la ciudad de Jerez se inició como ayudante de cantero, con José María Ortega, durando con él dos años en los que se dedicó especialmente a “rostrero”. Más tarde se dedicó a realizar trabajos por cuenta propia, sin conocimientos previos de ninguna especie y por la sola intuición de los problemas que se le presentaban. Enfatiza que jamás estudió técnicamente el dibujo y siempre se abstuvo de hacer preguntas a sus compañeros de trabajo.
Catedral de Zacatecas antes de 1904.
-¿Cuales son los trabajos más importantes que hallevado a cabo en su vida? –inquiere el periodista y el arquitecto empírico contesta: “Trabajos importantes he hecho muchos, pero si usted desea que le diga el que más quiero, es el de la torre de Catedral del lado Norte, que realicé en cinco meses, el año de 1904, en que era Gobernador de Zacatecas el señor don Eduardo G. Pankhurst y Jefe Político el ingeniero don Luis Córdoba”. El reportero pregunta sobre cómo hizo para copiar las diferentes figuras de la torre antigua de catedral y el entrevistado precisa que: “Esa vez tanto el ingeniero Córdoba, como el Sr. Pankhurst, me daban el consejo de poner un castillo de madera alrededor de la torre vieja, para tomar las figuras por medio de moldes de yeso; pero a mí me pareció que este procedimiento requería un triple trabajo, y entonces me propuse y así lo llevé a efecto, tomar las figuras de la antigua torre por medio de dibujos en miniatura, subiendo por una escalera colgante. Después ampliaba los dibujos al tamaño conveniente y los distribuía entre los canteros. De esta manera fui dirigiendo el trabajo durante cinco meses, hasta quedar terminado. En las obras trabajaron como promedio, de veinte a treinta canteros y dos albañiles con dos peones.
Sobre el costo de la obra dice que con todo y lo que se distribuyó como “bolos” al descubrirse la torre, el importe fue de trece mil pesos y que él no cobró nada extraordinario más que su sueldo de dos pesos con cincuenta centavos durante el tiempo que duró la construcción de la torre.
Y en su casa de la Merced Vieja No. 20 amplía la información al reportero, mostrándole una hoja de papel amarillento, rayado en forma de tabular en la que se lee:
Dámaso Muñetón termina su obra en catedral.
 “Solideo Honor Gloria”
Señor mío Jesucristo, esta obra que voy a hacer dígnate purificarla y bendecirla”.
Y después de este católico apéndice, viene la esencia de una vida, con expresión de fechas, lugares, trabajos y guarismos:
De 1881 a 1932, concluyó 7 capillas nuevas, 2 reformadas, 50 altares nuevos, 3 altares reformados, 2 colegios, 3 escuelas, 5 torres nuevas, 1 terminada (la de Catedral); 2 cúpulas, 2 bodegas o almacenes, 5 tiendas de comercio, 17 casas particulares de familia, 3 kioscos, 3 pórticos, 6 monumentos grandes para familias, 8 lápidas y monumentos, 4 pararrayos, 1 presa nueva, 1 presa continuada, 1 rastro, 1 noria y bebedera, una estación terminal (la de Saltillo), 1 baño, 3 mercados y un puente!....Ese bagaje arquitectónico, en distintos lugares del Estado y la Estación terminal de Saltillo, cuyo anteproyecto alcanzaba un costo de $ 13,000,000.00.
* * * * * * *
A las 8 de la noche del 28 de enero de 1939, en un cuarto de los altos del mercado “Victoria” de Concepción del Oro, murió a consecuencia de vómito de sangre consecutiva a una bronquitis crónica senil el arquitecto Dámaso Muñetón.
Dámaso Muñetón.
Sus biógrafos a veces presumen de tener datos fidedignos sobre su nacimiento, vida y muerte. Pero nada mejor que este artículo en el que es el biografiado quien indica la fecha y lugar donde nació. Ni en Jerez, ni en Tepetongo, en la jurisdicción de Villanueva.
El matrimonio de Vicente Muñatones y Joaquina Murguía se aposentó en el siglo XVIII en la hacienda de Buenavista, donde forjó una gran familia que en los registros de bautismo anotan como “españoles”. Entre los hijos de don Vicente está José Ydubige Muñatones quien se casa con Juana de Armas. De este matrimonio nace José de Jesús Muñatones allá por 1813 y que se casa en 1836 con Ydubijes Salazar que muere en 1838. Él contrae matrimonio en segundas nupcias en febrero de 1843 con Leonarda González, originaria de El Caquixtle y vecina de Buenavista desde la infancia. Es probable que aunque su lugar habitual de residencia fuera Buenavista, los “Muñetones”, “Muñatones” ó “Moyetones” (como en los diferentes registros los nombran), trabajaran de jornaleros en haciendas y ranchos cercanos, como en el Estanque de los Aparicio, El Niño Jesús, etc. De ahí que Dámaso naciera en el cercano rancho de la Boquilla de Villanueva.
Por desgracia, el registro de su nacimiento no aparece ni en Tepetongo, Villanueva o Jerez, causa a que muchos libros han sido robados o se perdieron. Ahora tenemos esta copia del periódico “Orientación” en el que el mismo Dámaso dice la fecha y lugar de su nacimiento.


martes, 7 de mayo de 2013

DON RUBEN GONZALEZ DE LA TORRE


Ilustración de Vicky Berumen Félix
Hace pocos días falleció el maestro Rubén González de la Torre. Un hombre sencillo que supo ganarse un lugar muy importante entre los jerezanos gracias a su bonhomía, a su dedicación, a su humildad y a muchos otras cualidades con que fue dotado.
Fue el segundo hijo de don Salomón González Salazar y de doña Consuelo de la Torre Berumen. Don Salomón y doña Consuelo se preocuparon, como todos los González de La Estancia, de que su familia a pesar de ser numerosa (14 hijos) tuviera la mejor educación.
Contaba don Rubén, que lo de ser artista lo traía en las venas, pues desde niño preparaba obras de teatro con muñecos que él mismo hacía. Les inventaba los diálogos y hasta cobraba a los niños que acudían a sus representaciones: “Según el chango era la pedrada” –recordaba- “Un cinco o un diez, lo que trajeran era bueno”.
Don Rubén y su esposa Zita Valdés Jaramillo
En la escuela Tipo hizo su primaria, “como todos mis hermanos, y como éramos muchos, mi papá casi siempre era el presidente de la sociedad de padres de familia. Podría decir que la escuela era nuestra”. Luego don Salomón envió a su hijo a que siguiera estudiando en la Normal de San Marcos. “El inglés nomás no se me dio y por eso solo llegué hasta segundo. Además que nos levantaban muy temprano, como a las cinco de la mañana para cultivar lo que después nos comeríamos. Y lo que son las cosas: mejor me fui de mojado a Texas, yo que odiaba el inglés”.
“Allá solo duré cosa de un año, me regresé a Jerez con unos cuantos dólares y el alma llena de rencor por la discriminación que nos hacían los gringos”.
Don Salomón tenía un negocio de abarrotes muy bien surtido, por el callejón de la Parroquia. “El Muelle” se llamaba, y Rubén su hijo, a pocos pasos, -en la esquina del callejón y calle del Placer- estableció su propia tienda de abarrotes a la que llamó “La Playa”. –“Ya teníamos la playa y el muelle, solo nos faltaba el mar. Y nada que aparecía el mar de gentes que esperaba atender en mi tienda, porque como don Salomón estaba bien aclientado, no dejaba nada para mí. Para entonces tenía veinte años, me entretenía dibujando en el papel de envoltura y haciéndoles caricaturas a los poquitos clientes que llegaban”.
Don Salomón advirtiendo que de abarrotero no se iba a mantener, le aconsejó que se fuera a la ciudad de México, a ver si allá le iba mejor con sus dibujos. “Allá llegué con un tío, y a los poquitos días corrí con suerte, pues pude inscribirme en un curso de historieta en la escuela libre de arte y publicidad. Al principio éramos muchos los interesados, pero al último solo quedamos seis”.
Desde entonces ingresó al mundo de la historieta, aprendiendo de muchos maestros como el reconocido dibujante Antonio Gutiérrez Salazar, recordado por sus dibujos en medio tono impresos en sepia en la mayoría de las publicaciones de “Lágrimas, Risas y Amor”, con guiones de Yolanda Vargas Dulché y Guillermo de la Parra. En esa editorial “Argumentos” (EDAR) don Rubén encontró acomodo por más de veinte años, dibujando, dibujando y dibujando.


A mediados de los ochenta, decide junto con su familia regresar a su tierra, donde en la casa que había adquirido puso su taller de dibujo. En ese taller se hacía la revista “Fuego” que semana a semana circulaba con un tiraje de más de 500 mil ejemplares. El guión se lo enviaban de México, y aquí don Rubén hacía los monos, y sus ayudantes (que eran de la familia) se repartían el trabajo complementario: escenografía, vestuario, letras, detalles, sombras, etc. Cada 15 día se enviaban por Omnibus de México las láminas de varios números. Aproximadamente don  Rubén y familia participaron en 800 números de esa revista.
Ahí mismo en su hogar, en su taller, recibía a jóvenes con aptitudes artísticas y los aconsejaba para que encauzaran esas aptitudes. El maestro Rubén colaboró ampliamente con el Instituto Jerezano de Cultura donde por muchos años estuvo al frente del Taller de Dibujo.
Afortunadamente, fue una persona noble, nada egoísta, por lo que sus conocimientos no se fueron con él, sino que en diferentes etapas de su vida los compartió y han servido para que quienes se acercaron a él, hayan podido abrevar de sus conocimientos.
Sit tibi terra levis, RUGOTO.

domingo, 20 de enero de 2013

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA CIUDAD HAMBRIENTA


Las hordas villistas que se enseñorearon de Jerez durante la revolución solo causaron que se acabara el pequeño comercio e industria familiar que aquí había, que emigraran los que pudieron, que murieran los que no pudieron huir. Los villistas que se alternaban en el poder solo querían sentirse poderosos y hacerse de ranchos, casas y de dinero. No les importaba el bienestar de los jerezanos, así que las epidemias se sucedían unas a otras.
En elegantes fincas los soldados hacían sus cuarteles; costales y costales de maíz eran tirados en las banquetas para que comieran los caballos, pero era más el que pisoteaban y desperdiciaban. En una ocasión, el cabecilla Dionisio García ordenó a sus hombres que les dieran maíz a los caballos en frente del mesón de San Luis. Y pa’ pronto sacaron varios costales de ixtle llenos de maíz y los tiraron en la calle. Un anciano se le acercó al jefe villista. –“Señor don Nicho, perdóneme mis palabras. Pero no desperdicie el alimento. Ora verá que se nos va a venir un hambre, que Dios nos tenga de su santa mano”.
El cabecilla se burló del viejito y dándole un fuetazo lo tiró al suelo ordenando a sus hombres que le dieran de tragar maíz al viejito. –“Señor, no puedo, ya no tengo dientes. Por vida de su santa madre no me haga esta humillación”. Riéndose, los villistas hicieron que tragara el grano sin importarles las lágrimas de impotencia del anciano, el cual fue asesinado luego a balazos y su cuerpo quedó ahí, coloreando de rojo el maíz que en grandes cantidades tiraron por la calle de San Luis.
Y como dijera el anciano, en 1916 el fantasma del hambre se unió a los demás fantasmas creados en los años de lucha y comenzó a hacer de las suyas. Además los soldados de cualquier bando acababan con cuanto animal encontraban en su camino, sin imaginar que ellos serían también los afectados. No se conseguía nada, aparte de que los billetes valían un día y al siguiente no. Las monedas de plata eran las más estables. Una medida de maíz (5 litros) valía en plata un peso y en papel de 20 para arriba. Los revolucionarios jerezanos no se quedaron atrás y don Justo Ávila emitió su moneda: unos cartones con valor de cincuenta y veinte centavos, a los que el vulgo dio en llamar “las palomas del tío Justo”.
En los primeros meses el maíz y el fríjol comenzaron a escasear, las antaño señoriales mansiones se encontraban convertidas en cuarteles, sus lujosas salas y salones servían para apacentar la caballada. Los ricos comerciantes habían emigrado, otros con menos suerte, eran muertos ante la ambición de algún jefe pseudo revolucionario (como Nicho García o Daniel Vanegas quien festejó su cumpleaños con una gran matanza). Los ranchos estaban deshabitados, pues sus moradores se vinieron a Jerez con la esperanza de encontrar más medios de sustento y algo de protección. La agricultura no existía, porque quien quisiera sembrar tendría que contar con protección militar, cosa imposible. El gobierno estatal no pudo enviar apoyos a Jerez, sufriendo un saqueo desde el viernes de dolores (14 de abril) por parte de Sabino Salas, Dionisio García, Justo Ávila y su gente. En ese lapso (22 días), lujosos muebles fueron convertidos en leña, antiguos libros y documentos quemados. En los últimos días de ese mes comenzaron a caer las primeras víctimas de la hambruna.
Restablecido el gobierno, se trataron de poner en práctica medidas de salubridad sin éxito. Los primeros días, en el Registro Civil tomaban nota de tres a cuatro decesos, mismos que fueron aumentando hasta treinta y cinco diarios en el mes de octubre. Nadie estaba a salvo (el mismo personal de la Jefatura fue suplido varias veces, pues también sufrían los efectos de hambre).
Sentados bajo los portales y en los jardines, muchos indigentes esperaban alguna ayuda que nunca les llegó. Ahí acuclillados morían. Por doquier eran encontrados cadáveres en caminos, mesones, plazas, calles, etc., diariamente en dos carretones se recogían los cuerpos que se encontraban en la vía pública y en grandes fosas del panteón de Dolores y de la Soledad eran echados, cubriéndolos solo con una delgada capa de cal.
Niños de tierna edad se pasaban el día recogiendo cáscaras para darles la segunda pasada. Las cáscaras de tuna eran roídas hasta quitarle todo lo comible. Dicen que en ese entonces se inventaron las máquinas de tortear, porque donde se oía el palmoteo se juntaba la gente a pedir un taquito. No faltó quien hubiera que denunciara donde tenían maíz y entonces por la fuerza lo sacaban y seguía el saqueo. También hubo familias que repartían lo poco que tenían para aliviar en algo la necesidad de los jerezanos, tal es el caso de las hermanas Mier, Conchita y Virginita, en cuya casa (en la calle del Espejo) se repartía comida todos los días. Grandes filas de pedigüeños se formaban en las afueras de su casa, hasta que salía Dimas (así se llamaba el cocinero) y les daba su ración.
Según anotaciones existentes en los archivos del Registro Civil, el noventa por ciento de quienes murieron ese año fueron víctimas de “diarrea”, fiebre intestinal, dolor de costado o hidropesía (no había quien extendiera certificados de defunción indicando las causas reales de las muertes). Pero las actas que más tristeza da ver, son las que especifica que la causa de la muerte era “por hambre”.
Nopales, mezquites y magueyes contribuyeron a alimentar a los pocos jerezanos que habían resistido durante mas de tres meses los estragos de la falta de comestibles, de la insalubridad, de la pobreza y de la inseguridad. Los cueros de cananas, huaraches y zapatos eran convertidos en “apetitosas” sopas que al menos servían para “traer algo calientito en la panza”. De la hacienda de Malpaso enviaban mezcal (cabezas de maguey tatemado), que también servían como alimento.
La ciudad estaba lánguida, muchas de sus fincas completamente derruídas (como la Jefatura Política), algunos de sus edificios dañados por las balas, los emplomados barandales deshechos por el efecto de los cañonazos. Pequeñas casas también se reducían a escombros ante el abandono de sus habitantes muertos quizá. Muchos ranchos desaparecieron, así como quienes los moraban.
Aproximadamente en la región de Jerez, más de nueve mil personas murieron en 1916, victimas del hambre, la peste o cayeron abatidos a balazos. López Velarde entonces escribió:

“…Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha….”
               Ramón López Velarde

VEINTE DE NOVIEMBRE: INICIO DE LA REVOLUCION MEXICANA ¿?


 “Héroe es una persona que realiza una acción valiente y muy bien agradecida”. Y de acuerdo con ese sofisma, me puse a buscar a jerezanos cuyas acciones los hicieran recibir el nombramiento de héroes en la revolución. Pero, no encuentro ningún personaje…
Me proponen que recuerde a Lino Rodarte… pero este jerezano símbolo de nuestra naturaleza campirana, nada tuvo que ver con las luchas fraticidas que comenzaron en 1910. Fue muerto mucho tiempo antes, luego de una gacha felonía que le fabricó su rival en amores don Cruz Avalos, en marzo de 1886. Su padre, don Felipe Rodarte, sufrió calladamente por 25 años la humillación que le hicieron sentir las autoridades porfiristas y hacendados, que a todo momento le recordaban que su hijo había estado fuera de la ley. El rico ranchero que ofrecía el peso de su hijo en reales por su vida falleció de fiebre el 6 de Marzo de 1911 a las nueve de la mañana y fue sepultado en el panteón de San Juan.
¿Podrían ser héroes revolucionarios los miembros del club antireeleccionista jerezano que comulgaban de las ideas de los Flores Magón? Los historiadores nos hablan de José Othón Cabral, Luis Brilanti, Jesús Lazalde Castañeda, Catalino Hernández, Florencio Berumen, Marcelino Ozuna, Nicolás Aguilar y Benjamín Berumen que fueron detenidos por tropas del general Jesús Aréchiga, así como gente al mando del temido Juez de Acordada Cruz Avalos y de Goyo Morales, jefe de los carnitas. Desgraciadamente no hay más datos sobre estos preclaros hombres que ya pensaban en un Jerez diferente.
¿Podría ser héroe revolucionario J. Isabel Tovar, quien con su tropa “maderista” tomó Jerez en la madrugada del domingo 21 de Mayo de 1911? A pesar de que estuvo desde ese día hasta el sábado 27, de que impuso un préstamo forzoso a los comerciantes jerezanos, de que liberó a los presos, de que permitió el saqueo de varios comercios y el “montepío”, no se sabe nada más de su actuación en la revuelta maderista. Solo que volvería a la plácida vida hogareña y moriría años después en Abrego.
¿Serían héroes los soldados Pedro Ureño de El Cargadero y Candelario Urbina que defendieron sus vidas y murieron asesinados a manos de la gente de Isabel Tovar en la madrugada de ese 21 de Mayo? Solo estaban cumpliendo con su deber y desquitando su raquítico sueldo sin saber a qué se enfrentaban.
Jacinto Carlos, fusilado por los villistas.
¿Podrían ser héroes don Jacinto Carlos y sus hijos que encabezaban la defensa que se había organizado para proteger a la ciudad de las tropas villistas de Pánfilo Natera? Ellos protegían su patrimonio –fruto del trabajo de muchos años-, así como el de muchos jerezanos, que estaban desorientados, pues la revolución había triunfado ya con la ascensión de Madero al poder, y luego de la fatídica “Decena Trágica” había surgido la “contrarrevolución” en que nadie sabía quien estaba en lo justo, en lo legal. Ramón Carlos –así como muchos valientes jerezanos- murió el fatídico 19 de abril de 1913 a manos de los soldados de Natera. Un año después, luego de la toma de Zacatecas, don Jacinto Carlos y otro de sus hijos serían fusilados por tropas del rencoroso Pancho Villa.
¿Serían héroes todos esos jerezanos que impotentes veían morir a sus familias a manos de los combatientes, que no se sabía casi nunca en qué bando andaban? ¿Serían héroes esas madres de familia que llorosas le daban sepultura a sus pequeños hijos o esposos que fallecían por la hambruna y epidemias resultado de esas guerras sin sentido? En los archivos hay infinidad de registros en los que cuando se hace referencia a las causas de muerte solo dice “por hambre”.
¿Podría ser considerado héroe el sacerdote José del Refugio Gallardo y su madre doña Clara Barrientos asesinados arteramente por el “general revolucionario” Daniel Vanegas y quemados de manera vil y cobarde en una caldera?. El delito del sacerdote fue el proteger los bienes que le fueron encomendados y que a pesar de la situación de inestabilidad política mantenía trabajando en beneficio de la gente pobre de Jerez.
¿Podría ser llamado “héroe” ese general Vanegas que se sumó a la vorágine de intensas luchas por el poder y que en realidad en lo menos que pensaba era en el cambio del país, ya que sus intenciones eran conseguir poder, riquezas y mujeres? Entre sus méritos están los asesinatos de gente pacífica, noble y trabajadora, como don Cuco Peña –dueño de la finca del lado norte del Santuario- a quien sacó enfermo del consultorio del doctor Villalobos; de don Ignacio Acosta y de don Ignacio Rodríguez, sacrificados frente a sus familias, sin importarles súplicas ni lágrimas ni nada. De doña Marianita Salinas, a la que de manera brutal asesinó a balazos frente a la casa de don Hilario Llamas, por la calle del Espejo. De don Enrique Raygoza quien tenía su comercio en la calle nueva y lo mataron a cuchilladas y balazos solo para no pagarle lo que habían consumido. De doña Rosa García Rincón, viuda de Severiano del Río, que se enfrentó con valentía a los “revolucionarios” para proteger la honra de su familia. De doña Ma. Guadalupe Rivero, viuda de José Julio Berumen, que se opuso a las atrocidades del general Vanegas y sus secuaces.
¿Podría considerar como héroe revolucionario a Dionicio García que al mando de su gente cometió cuanta tropelía se pueda uno imaginar, incluidos asesinatos de hombres, mujeres y niños y que por 22 días hizo un saqueo generalizado de Jerez?. Según algunos historiadores, 1920 se da como fecha en que concluyeron los enfrentamientos bélicos. Pero… todo quedó igual… o peor. Ambiciosos caudillos armaban intrigas para hacerse del poder y seguía el merequetengue, como hasta la fecha.
Nuestra ciudad estaba en franca agonía, y un grupo resuelto de jerezanos emprendió la difícil tarea de no dejarla morir. Se restableció el comercio, aunque ya sin los grandes capitales de principios de siglo. Las calles quedaron como testigos de lo que había acontecido: barandales en los que el mordisco de las balas era notorio, así como edificios semidestruídos o semiquemados… los empedrados que embellecían las calles, destruídos, arrancados y trozados los cables de telégrafo y teléfono… todo lo que antes hablaba de modernidad fue destruido por la barbarie de villistas, carrancistas, maderistas, obregonistas, huertistas, orozquistas y deje de contar…
Hospital Civil. Quedó completamente en ruinas.
El moderno y recién construido mercado de carnes que estaba en la plazuela Reforma, el hospital civil, así como el hospital de los Sánchez Castellanos y la capilla del Diezmo fueron algunos de los edificios que murieron en esa hecatombe. El Teatro Hinojosa que también había sido incendiado se salvó gracias a la oportuna intervención de los jerezanos que apagaron como pudieron el fuego, ante la mirada indiferente, burlona y vigilante de los soldados villistas de Pánfilo Natera.
¿Serían héroes de la revolución, esos jerezanos y jerezanas que se dedicaron a reconstruir de sus ruinas a nuestra ciudad?
En mi opinión muy personal, las luchas que se dieron en la década de 1910-1920 no pueden ser consideradas como benéficas para Jerez, pues la transformación radical en todos los aspectos fue completamente negativa. Deberían pasar muchos, pero muchos años para que Jerez sanara sus heridas.
LA CARTA. Como ya sabía, mi presidente no leyó la carta que le dediqué. Y tanto que me esforcé para redactarla. Aunque lo más importante se logró: que los jerezanos la leyeran y así dejar constancia de la forma de trabajar de la policía municipal, especialmente del patrullero que el domingo 4 traía a su cargo la unidad 124. Me aconsejan haga llegar mi queja a Derechos Humanos o presente una denuncia en el ministerio público. Ninguna de las dos cosas procede. Derechos Humanos a lo más que llegaría es a emitir una “recomendación” que para nada sirve. Y la denuncia en el ministerio… me reservo mis  comentarios. Lo que sí creo que es gacho que nosotros los jerezanos que vivimos aquí, que pagamos predial, impuesto sobre la renta, sobre el trabajo, iva y demás, estemos manteniendo a estos sujetos que en lugar de hacer el trabajo que se les encomienda en el Bando de Policía y buen gobierno se dedican a otras actividades. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

CARTA ABIERTA PARA LALO LOPEZ


PONLE BOZAL Y FRENO A TU PATRULLERO “VICENTE FERNANDEZ” (Sí como no)

Como siempre andas a la carrera, no pude verte en toda la semana, y a tu secre Alberto apenas lo ví el viernes, es por lo que utilizo este medio y así tengo la seguridad que alguno de tus allegados o aduladores te comentará lo que en seguida expongo:
Sucede que el domingo anterior, poco después de las seis de la tarde, Tato (mi hijo que se llama como yo, pero en el relato lo nombraré así para mayor comodidad) y un amigo salieron de mi casa con destino a Zacatecas, como cada domingo lo hacen, para estar listos al día siguiente para sus estudios que comienzan desde las siete de la mañana.
Para economizar y viajar con seguridad se van en un carrito blanco y se cooperan de los gastos de gasolina, y precisamente estaban formados en la gasolinera cuando fueron detenidos por la patrulla 142 (una que tiene la defensa delantera pintada de rojo). El patrullero, medio cacarizo, moreno y con un vocabulario de lo más corriente los hizo bajar del auto diciéndoles con palabras “gachas y ofensivas” que porqué les habían gritado momentos antes “¡Ora culos!”. Tato y su amigo le aseguraron que ellos no habían sido, que ellos necesitaban llegar a Zacatecas antes de que anocheciera (el amigo de Tato de noche no ve muy bien) y no se entretenían en gritar a nadie. El patrullero siguió insultándolos diciéndoles que tuvieran güevitos, que él tenía “unas orejotas bien chingonas que Dios le dio” y que no le fallaban. Solo le faltó jurar ante Dios que ellos habían sido, pero como no ha de conocer a Dios, no juró.
Los muchachos insistieron que ellos en ningún momento les habían gritado ni ofendido (realmente quien les gritó eran los cinco ocupantes de un carro verde, pero como los policías vieron que eran muchos y andaban medio alcoholizados optaron por desquitarse con otros). El patrullero no hizo caso a los razonamientos, y siguió insultándolos de forma verbal. Le daban mil razones para que no los entretuvieran pero él replicaba “A mi ningún hijo de la chingada me va a decir qué tengo qué hacer. Aquí el que manda soy yo”. Total, se los llevaron en la patrulla a la dirección de seguridad pública por un camino desconocido. Cinco policías, uno de ellos con pasamontañas y arma larga apuntándoles en todo momento, como si fueran los criminales más buscados de todo México.
En la dirección de seguridad pública siguió la agresión, pues el oficial de barandilla al pedirles sus datos los estuvo insultando, llamándolos por “papi”, “solecito”, y cosas así. Al reclamarle Tato que no le diera apodos porque su nombre era Luis Miguel Berumen Vargas y pedirle al patrullero se identificara, el patrullero le dijo “yo soy Vicente Fernández”. Y con un coraje que se traslucía y estaba a punto de estallar lo amenazó: “No busques más problemas de los que ya tienes chavo, porque te puede ir mal”. Ahí les dijeron que los iban a tener mínimo seis horas encerrados, pero a Tato, que a lo mejor lo dejaban hasta el día siguiente por hocicón. Anotaron en el libro que los apresaron por insultos a la autoridad, a los que Tato insistió anotaran “supuestos”. ¡Ah! Y también insinuaron que andaban tomados. (Cosa completamente falsa, y que a petición de la mamá del amigo de Tato no pudieron comprobar).
Mi hijo pidió le permitieran hacer una llamada, a lo que hubo completa negativa. Afortunadamente, el otro muchacho alcanzó a enviarle un mensaje a su mamá antes de que les quitaran sus objetos personales.
Los encerraron, y hasta que se le dio su gana el juez calificador fue a darse una vuelta diciéndoles que en un rato más los dejaba libres, que “les iba a hacer el paro y no les iba a cobrar multa”. ¿Multa por qué? Si las supuestas agresiones a los policías de la patrulla 142 no las pudieron probar.
Afortunadamente los papás del compañero de Tato vieron el mensaje e inmediatamente se dirigieron hasta el edificio de la policía, y ahí el Juez calificador dijo que los atendería luego de que terminara con un “asunto más urgente”. El asunto urgente duró como dos horas. Y al final, luego de la enérgica reclamación de los papás, dejaron libres a los muchachos. Eso sí, el juez calificador pidió disculpas. Pero las sorpresas siguieron, pues al regresarle sus cosas, las monedas que llevaban “desaparecieron”. Todos los anónimos policías fingieron amnesia (por no decir demencia). Ya era noche cuando bien nerviosos, pudieron retomar su viaje a Zacatecas.
En este caso hubo abuso de autoridad, intimidación, agresión verbal (y casi física), excesivo uso de aparato policial para terminar en “usted disculpe”. La pregunta es la siguiente, Lalo: Si no hubieran visto el mensaje los papás del compañero de Tato, ¿Qué hubiera ocurrido? ¿Realmente pasarían detenidos toda la noche en el edificio de la policía? ¿O serían llevados a otra parte? Eso lo pregunto porque en la detención no se siguieron los protocolos que al respecto hay y la actitud del patrullero indicaba todo, menos que era un guardián de la ley.
Siempre que mi hijo sale a Zacatecas, nos envía un mensaje cuando llega. Imagínate Lalo tú que ya tienes hijos que están creciendo y pronto irán a la universidad: La incertidumbre que tendríamos al no recibir el mensaje, la angustia de no saber dónde buscarlo, gracias al abusivo patrullero de la 142 al cual sus “orejotas bien chingonas” le fallaron. Fue una detención completamente injustificada, y repito Lalo: hubo abuso de autoridad, agresión verbal, intimidación y excesivo uso del aparato policiaco. Te he buscado para contarte de viva voz todo esto, pero es muy difícil platicar contigo.
Lalo, soy tu amigo desde que eras un niño, también fui amigo de tu padre, trabajo en la administración municipal, pero antes que eso, soy un padre de familia que antepone todo por el bienestar y seguridad de su esposa e hijo. Nuestra familia ha sido víctima de cinco robos, a pesar de que vivimos en el centro de la ciudad. ¿Y por qué son los robos? Porque no hay policía preventiva. ¿De quién tenemos qué cuidarnos? ¿De los patrulleros como el de la 142 que maneja la ley como a él se le antoje? ¿De los agentes policiacos ineptos y –quizá- coludidos con criminales? ¿En manos de quién estamos?
Resulta irónico que en Zacatecas estén preparando a grupos de policías como “Amigos del turista”. ¿Y en Jerez? ¿De qué son amigos los policías? ¿De lo ajeno? (Ya ves que hasta las moneditas que traían y que en los separos les quitaron con sus pertenencias desaparecieron). ¿Son amigos de la rapiña? ¿De sentirse fuertes y poderosos ante los débiles?.¿Son amigos de qué…??
Yo conmino a tu patrullero (se supone que eres tú quien responde por la policía), a que esa misma energía que tuvo para detener a Tato y a su amigo la tenga para detener a los malosos, a los verdaderos delincuentes. Que ese ardor que tuvo para gritarles toda clase de frases y palabras ofensivas e hirientes las use para que les grite a todo pulmón a los que están en contra de nuestro deseo de vivir en un Jerez tranquilo.
No te pido nada Lalo, no pido que les llamen la atención ni nada, no pido una disculpa que de nada sirve, al cabo “perro que come huevos, aunque le rompan el hocico”, solo quiero que quede este precedente público de la forma de actuar de tus agentes “policiacos” que todo cuidan, menos lo que deben cuidar. Por último, como Tato fue amenazado repetidas veces por el susodicho patrullero (del que no logramos saber su nombre real en su momento, pero ya sabemos quien es) por este medio hago responsable de cualquier acontecimiento violento, robo o daño que tenga que ver con mi familia a la Policía Preventiva de Jerez.

jueves, 9 de agosto de 2012

LAS MONEDAS DE LA MUÑECA


Llegaron empujados por la sequía… por el año malo, por el hambre, por las malas cosechas. Llegaron buscando nuevas oportunidades de vida y es que en El Huejote don José Luis no encontraba la forma de poder mantener a su numerosa familia…  Y así, llegaron a Jerez, con una mano delante y otra detrás, buscando su futuro en un pueblo que también languidecía por su miseria. Que no acababa de restañar las heridas que las numerosas guerras le habían dejado.
Una pequeña casa en esquina fue la que los albergó en su nueva aventura, rentada “de palabra” a muy bajo precio. Esta casa tenía al frente un cuarto con dos puertitas que daban a la calle. Un par de pequeños cuartitos atrás y un patio y un corralito. Sobre el cuarto que daba a la calle, otra habitación con un balcón.
El patriarca de esa familia, José Luis, era un hombre joven, de pelo quebrado, de bigote poblado y de mirada clara y penetrante. Su vestimenta de siempre era pantalón de mezclilla y camisa blanca de manga larga que se arremangaba siempre para que no se viera la mugre. Protegía sus pies con huaraches de esos de suela de llanta y tres correas. La esposa, una mujer muy blanca, que debió haber sido de buen porte, pero avejentada por sus múltiples partos. Su mayor lujo era ir al salón de belleza de Gloria Carrillo a que le hicieran “la crepé”.
La Muñeca era güera y pecosa...
Yo los conocí porque pusieron de inmediato una pequeña, muy pequeña, tienda de abarrotes en el cuarto de las dos puertas a la calle. De esas tiendas de antes, en que se compraba un cuarto de arroz, un veinte de sopa, un peso de galletas sabrosas, un tostón de manteca, treinta centavos de chiles jalapeños, y así. José Luis, despachaba diligentemente lo pedido, agarrándolo con sus manos sucias y poniéndolo sobre el cucharón de la báscula. Entonces ni quien dijera nada por las condiciones de insalubridad. También los conocí porque una de sus hijas coincidió conmigo en la escuela primaria, en la Escuela “De la Torre” que en esos entonces también la pasaba mal. El edificio pedía a gritos una manota de gato. El salón grande de la primera planta que albergaba el primer año tenía solo pedazos de madera, de lo que en un tiempo debió haber sido lujosa duela. La mayoría de los niños nos sentábamos en la tierra. Las paredes lucían una pintura “espectral” y ya muy destruída, quizá de principios del siglo XX.
La niña no recuerdo como se llamaba. La maestra de inmediato la apodó como “La muñeca”, pues era muy simpática, pequeñita, blanca, pecosilla, de pelo güero y en caireles. Llevaba vestiditos de olanes que para nosotros nos parecían lujosos. Y sus pies los calzaba con huarachitos blancos.
Pues como vivíamos por el mismo barrio, nos hicimos amigos y muchas veces a medio día o por la tarde regresábamos juntos a nuestras respectivas casas. (Antes iba uno por la mañana y por la tarde a la escuela). En una de esas veces en que íbamos con nuestros raídos cuadernos bajo el brazo, “la muñeca” me contó que en las noches cuando iba al corralito, se le aparecía una señora que le decía que escarbara abajo del lavadero del patio, y que todo lo que sacara se lo regalaba. Decía que le daba mucho miedo, y siempre que se ofrecía, pedía a alguno de sus hermanos la acompañara. Que sus papás y hermanos se burlaron de ella cuando les contó eso, y le decían que era una mentirosa porque a ellos no se les aparecía nada.
El Cura le compraba las monedas...
Un día llegó a la escuela, y a la hora del recreo nos enseñó a varios una pequeña monedita dorada. “Estaba ayudándole a mi mamá a lavar, y cuando enjuagaba la ropa, se cayó un pedacito de enjarre de abajo del lavadero y entre las piedritas y arena me hallé esta monedita” Le preguntamos que si había más o que si le había dicho a su mamá de eso. “No, mi mamá estaba tendiendo la ropa y no le dije y no vi más”. ¿Y como qué se puede comprar con la monedita?. –Le preguntamos-. “No sé, a lo mejor ni vale, parece como medallita”.
 “La muñeca” fue por varios días la estrella del salón, pues todos querían ver la medallita que se encontró. A los pocos días nos “disparó” a todos naranjas con chile piquín. Ya luego nos platicó que el viernes primero (antes era obligatorio para todos los niños irnos a confesar los viernes primeros), cuando se fue a confesar a la Parroquia, le dijo al padre de la monedita, que si no era pecado tenerla. El padre le preguntó que de donde la había sacado, que si no era robada. Y ella le contó toda la historia. El sacerdote le dijo que buscara más en donde se la había encontrado y que él se las compraba todas, dándole unas monedas por la que llevaba.
“La muñeca” luego nos dijo que le rascó al enjarre del lavadero y salieron más moneditas que le fue llevando al ambicioso sacerdote, que seguramente le daba cualquier cosa por ellas. Pero en una niña de aquel entonces, fue notorio que gastara de más, y pronto los papás se dieron cuenta. Le pusieron una regañada por no decirles y por venderle las monedas al presbítero. La niña ya no fue a la escuela, y como la maestra nos mandó ir a preguntar qué pasaba, el papá nos dijo que estaba enferma y que ya no volvería a ir.
Ya tumbaron el balcón...
Días después en que yo regresaba de comprar la leche con don Antonio Morales (en la lechería que estaba frente al pórtico norte del Santuario) me encontré a “la muñeca”, muy curra, muy bañadita y arregladita. Y sentados en una banca del jardín chico, me contó que cuando sus papás supieron la regañaron mucho. José Luis –el papá- agarró un talache y tumbó todo el lavadero, y en la parte de abajo encontró muchas monedas de oro y de plata, mohosas por el agua que se transminaba. “Mis papás las estuvieron limpiando y las echaron en dos paliacates que guardaron en el ropero. Mi papá me regañó mucho por las que le llevé al cura, dijo que me había robado, que se había aprovechado de mí y hasta le iba a ir a reclamar pero mi mamá no lo dejó, porque capaz y hasta nos excomulgaba”.
Después, la tiendita de abarrotes cerró sus puertas. José Luis y su familia desaparecieron de Jerez. Alguien dijo que se fueron a Estados Unidos. Hace pocos años, los dueños de la finca tuvieron la feliz idea de tumbar el segundo piso, derrumbando el balcón del que solo quedan testimonios en fotografías oportunamente tomadas. 

viernes, 3 de agosto de 2012

EL TESORO DE LINO RODARTE


Don José de la Cruz Mejía ya no estaba para trotes largos en su burro, por lo que luego de una larga travesía por la sierra, decidió aprovechar la hospitalidad que le dieron en el ranchito de los Suárez del Real, conocido como “Ranchito de Guadalupe”. La dura vida del campo lo había maltratado bastante, pero a pesar de tener ya 60 años, había ido a lo más recóndito de la sierra, a cumplir con un delicado encargo de su anciano padre, don Benito Margarito Mejía.
Muy de madrugada, luego de descansar en el ranchito, tomó el camino para Jerez, camino bordeado por la acequia llena de cantarinas aguas que se daban prisa por mojar las huertas jerezanas. El camino terminaba en un portón grande en la última calle de Jerez, y hasta ahí llegó don Crucito, y cuando traspuso las pesadas puertas para dirigirse a la casa de su padre, por esa misma calle, llamada “De las tres cruces” por unas cruces de cantera asentadas en estratégicos nichos, comenzó su pesadilla.
Agazapados en las sombras de esa madrugada, cuatro rurales de la acordada lo esperaban pacientemente, y en cuanto vieron que salía del portón el  hombre montado en su burro, lo tumbaron del jumento y en el piso lo golpearon con los sables.
El pobre campesino pedía clemencia, suplicaba a gritos que no le hicieran daño, pero los rurales más se enardecían y lo seguían sableando. Pero ya era hora de Misa, y la gente comenzaba a salir de sus casas, cosa que no convenía a los golpeadores.
-“¡Malditos! ¡No se aprovechen con ese pobre anciano! ¡Déjenlo!, ¡cobardes!”. Comenzó a gritar la gente, que desde lejos veía el castigo.  El que parecía ser el jefe de los rurales ordenó a los demás que ya lo dejaran, quitándole un morral que llevaba.  –“Esto es por lo que nos hizo tu cuñado”. Le dijo a don Crucito luego de darle un último sablazo, amenazándolo luego, al tiempo que montaban en sus caballos y sacando chispas del disparejo empedrado de la calle, se perdieron en las brumas de esa madrugada.
Una señora de inmediato se acercó al golpeado para auxiliarlo. –“¡Ay señora!. Por caridá de Dios, háblele a mi apá. Aquí vive enseguidita.
Trabajosamente, don Benito Mejía salió de su casa, luego de los insistentes llamados y acudió donde estaba su hijo. –“¡Mira nomás cómo te han dejado!”. “¡De seguro ha de haber sido ese maldito de Cruz Avalos y su gente, que no nos deja en paz por lo de Lino!”.
Don Crucito, apoyado en algunas gentes y ayudado por su muy anciano padre, se levantó y trabajosamente se dirigieron a su casa. “-Apá, cumplí con su encargo. Ya moví todo como usté me lo indicó. Me quitaron el morral donde estaba la relación dendenantes, pero de nada les va a servir”.
-“¡Hasta cuando nos dejará en paz ese malvado Cruz Avalos!. No conforme con matar a Lino, ahora quiere quedarse con todo lo que me dejó encargado”.
Don Cruz Avalos –jefe de la Acordada-, inspeccionaba una y otra vez el pedazo de cuero de cochino en el que se veían dibujados con tinta de huizache algunos detalles desconocidos para él. Y el texto simplemente no lo entendía. Avalos estaba empecinado en que Lino Rodarte había confiado no solo el caballo cuatralbo a su suegro y compadre, don Benito Mejía. Y es que –pensaba- si don Felipe Rodarte (el padre de Lino) le ofrecía su peso en oro, era que Lino tenía su buen guardadito. Ya en muchas ocasiones habían amenazado a don Benito y a sus muchos hijos sin conseguir nada. Y en esta, en que habían conseguido el mapa quitándoselo a su tocayo, José de la Cruz, nomás no entendían nada.
Ese mapa fue olvidado al no poder descifrar los datos que en él se plasmaron. Muchos años después, alguien lo encontró entre unos papeles y libros viejos y transcribió lo que en él leyó:
“Del puerto de Guadalupe hacia la cruz de las higueras contadas son 54 varas. Del poyo para el norte son 14, pasando por el pozo. A tres codos de hondo está el toro con oro bien cosido. Una parte es de Simona, otra de la Virgen de la Soledad”.
Muchos vieron esa transcripción, e iban a la sierra, a donde decían estaba “la cruz de Lino Rodarte”, pero de ahí no podían encontrar más datos, pues se decía que Crucito Mejía había cambiado el lugar del entierro, en previsión que el jefe de la acordada lo encontrara.
Lo escrito en el mapa, no se refiere en ningún momento a la sierra, sino a la calle de Tres Cruces. “Del puerto de Guadalupe” indica sin duda al portón de acceso al rancho de Guadalupe, que estaba por esa calle; “la cruz de las higueras” precisa el nicho con una cruz de cantera que estaba al término de la calle “de las Higueras” (Mina). Entonces, desde el portón con dirección a la calle Mina, por la banqueta del lado norte se caminan aproximadamente 43 metros. Ahí en el zaguán de una casa, desde el poyo (banca de cemento o piedra) se camina al interior, y como a diez metros, después del pozo del patio, enterrado a poco más de un metro debería estar un cuero de toro (bien cosido) lleno de oro. Una parte sería, como dice, para la Virgen de la Soledad.
La otra para Simona. Si la relación efectivamente fuera de Lino Rodarte, esta Simona sería la hija que Lino tuvo con Urbana Mejía, por lo que don Benito era su compadre y suegro. A la muerte de Lino Rodarte la niña tendría apenas 6 años. ¿Quién sería el afortunado que encontró en su casa ese cuero de res lleno de oro?. Aunque aseguran que era tanta la presión de don Cruz Avalos, que a principios de 1900, Crucito Mejía cargó el oro en dos mulas y se fue para la sierra, escondiéndolo en una de las cuevas que la tradición llama “De Lino Rodarte”.

LA CALLE REAL, DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, DEL SANTUARIO, FRANCISCO I. MADERO, BIZARRA CAPITAL


La historia documentada de Jerez nos dice que fue fundada en Noviembre de 1569 como Villa de Xerez de la Frontera. Las casas de los españoles que la poblaron estuvieron alrededor del pequeño templo parroquial de la Limpia Concepción. Tomando en cuenta nombres de calles actuales, sus límites serían por el sur la calle de la Libertad, por el norte la de San Luis, por el oriente la de Dolores y por el poniente la Bizarra Capital.
Plano de 1772. Con una línea roja marcamos la calle Real.
 A los naturales que cohabitaron con los primeros pobladores españoles se les asignó una especie de huerta al poniente de la traza, que fue conocido como “El Pueblecito” o el “Barrio de San Miguel” donde años después fincarían un pequeño templo dedicado a “San Miguel Arcángel” que quedaba a pocos pasos de la Parroquia, pero separado por una plazuela que los comunicaba solo por un pequeño callejón llamado “De la Aurora”.
Presidencia Municipal en 1928. Foto de J. Rosario González.
La calle que quedaba entre la villa de Xerez y “El Pueblecito” corría hacia el sur y se convertía en el camino real a Guadalajara. (Así se les llamaba a ciertos caminos que se suponía estaban en condiciones de que viajara por ellos el Rey, aunque nunca vino ni viajo por ellos).
Pronto, esa calle se fue convirtiendo en una de las más importantes de la villa, conocida también como “Calle de Nuestra Señora de Guadalupe”. Aunque las fincas más opulentas se levantaron en lo que se conocía como “Barrio del Oro”, en esta calle tuvieron su asiento las residencias de los españoles que tenían propiedades al sur de la región.
Calle del Santuario, desde la rinconada.
A fines del siglo XVIII, el templo de San Miguel Arcángel, que era muy pequeño amenazaba ruina, por lo que se decidió erigir un templo de mayores proporciones, y poner en el adoratorio central a la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que ya para entonces era muy venerada.
Desde que se consagró el Santuario, la calle fue llamada “Del Santuario” o también “Real” como se conocía antes.
Con la edificación de la Escuela de Niñas se abrió la calle que cerraba la plazuela que se conocía como “de la Parroquia”, llamada luego “De Tacuba”. De igual manera se abrieron los espacios que estaban atrás del Santuario conocidos como “Huerta de la Virgen”. Todo esto le dio mucha importancia a la calle del Santuario, y sus fincas compitieron con las de la calle “Cerrada de la Parroquia” o “Del Espejo”.
Luego de la Revolución, por un corto tiempo fue nombrada la calle del Santuario como “Francisco I. Madero”, nombre que no perduró mucho, pues luego se le impuso el del segundo poema más conocido del poeta Ramón López Velarde, “Bizarra Capital”.
Actualmente es conocida indistintamente como calle del Santuario o Bizarra Capital.

Descripción breve de la calle del Santuario en 1910, (del historiador Margarito Acuña)

Al centro. "La Norma" junto al Santuario.
Por la calle del Santuario que divide la ciudad antigua diré que en la acera del poniente del Jardín está la portada y frente de lo que fue la antigua Jefatura Política y anexa a la misma la Penitenciaría en el siglo pasado y primera decena del actual. Es notable por su estilo colonial; de sólida construcción aunque de mal gusto arquitectónico.
Siguen en la misma acera (hoy casas comerciales) la que fue casa de don José María Carasa, donde vivió y murió. Este señor era español que vino a México en un batallón de la Península, el año de 1814 y le tocó militar en esta región contra los insurgentes. Cuando terminó la guerra, él se vino a radicar a la entonces villa de Xerez, Zacatecas, donde se licenció del batallón a que pertenecía.
Como algunos años estuve fuera de Jerez, cuando volví a la ciudad a principios de este siglo, ya no existía el señor don José Ma. Caraza. Parecía un Patriarca con su larga barba blanca que le llegaba hasta el pecho; su extirpe a la fecha parece ya haberse extinguido.
El “Salón Verde” o “Casa del Campesino” ocupa el lugar donde antes existía el Monte de Piedad (Montepío), que se incendió sin saberse el motivo y en cuya catástrofe se perdió mucho dinero en las prendas allí depositadas.
Edificio "De la Torre" que albergó la antigua escuela de niñas.
En la esquina de la misma cuadra está el edificio de dos pisos que por muchos años se llamó “La Norma”, que fue antiguamente una de las mejores tiendas (Cajones se les llamaba entonces a las que expendían ropa) de la Villa. La calle transversal que queda al frente  y que en su principio se llamó del Reloj, después Calle Nueva y por fin Aquiles Serdán, no existía antes y fue abierta para dar salida a la Plaza que está a espaldas de la antigua Parroquia y de la antes dicha, a la calle Real, que algunos años después se conoció por “Calle del Santuario”. La calle Real era muy transitada por las recuas y viandantes que pasaban para el Real del Fresnillo o de este para Bolaños. Por cierto que el Camino Real pasaba por la primitiva hacienda de La Labor, el ranchito de los Ríos y el Niño Jesús, por haberle cambiado por razones  de seguridad pues antes, en la Ermita y Charquillos asaltaban los ladrones a los arrieros.
Frente al Santuario está el hermoso edificio de la Escuela “De la Torre”, cuya fachada es de cantera y está conceptuado como una verdadera obra de arte. Fue construida por el arquitecto don Dámaso Muñetón, nacido en Tepetongo. El interior es reducido y antihigiénico por lo que se le considera inapropiado para el uso a que se destina.
El Santuario con sus dos torres gemelas y sus hermosos pórticos simétricamente ubicados, son notables por su construcción artística y de una belleza incomparable si se miran detenidamente.
Esta y las otras fotos son de 1928, de J. Rosario González.
De la calle del Santuario (Camino Real) solo diré que en ella estaba, en la esquina, frente al costado sur de dicho templo, la Tienda llamada “La Aurora”, que desde el siglo pasado era propiedad de don José Cabrera.
Por la misma calle Real o del Santuario, y frente a donde antes estuvo la Presidencia Municipal (ahora el Correo), se encontraba la casa de don Petronilo Colmenero, un señor alto, delgado, y eterno litigante con los indios del Pueblo (Susticacán).
En la esquina de la calle del Sol y del Santuario estaba la Tienda llamada “El Chin Chun Chan”, donde se vendía el mejor pan de la ciudad.