viernes, 15 de abril de 2016

LA MUERTE DE DON CUCO PEÑA ARÉCHIGA Y EL TESORO DE GARCÍA DE LA CADENA

-Doctor Villalobos, a lo mejor pronto me voy con mi familia a Jalpa o a Aguascalientes. La inestabilidad política nos afecta grandemente y siempre vivimos con miedo. Es cierto que durante muchos años viví muy bien de lo que dejaba “La Norma” que se convirtió en el principal surtidor de abarrotes de los jerezanos. Pero ahora, ya no puedo resurtir mi negocio, porque en Zacatecas, desde el mes pasado que la destruyeron los villistas, no hay gobierno, no hay suministros de nada. Y menos aquí en Jerez, donde a cada rato llegan los de un bando o del otro y a cual más de exigentes.
-Don Cuco, en estos días lo mejor es tratar de pasar inadvertidos, si tiene oportunidad váyase con su familia lejos. No importa que pierda los bienes materiales, pues téngalo por seguro que en cuánto los revolucionarios sepan que están sus fincas y negocios abandonados, se apropiarán de ellos y buscarán dinero hasta debajo de las macetas. Mire, en mi caso particular, no tengo miedo a que me hagan daño alguno, pues les soy útil, pero cuando esté viejo y enfermo y no pueda sanarlos de sus heridas o enfermedades, seré un candidato más de sus desmanes y asesinatos.
El doctor Jesús Villalobos Escobedo y don J. Refugio Peña Aréchiga, propietario de “La Norma”, reconocido negocio ubicado en la esquina de la calle del Reloj y del Santuario, conversaban sobre la álgida situación que se vivía. Se habían hecho amigos casi desde que la familia de don Cuco Peña llegó a Jerez.

La esposa del comerciante era la Sra. Paz García de la Cadena, hermana del General Trinidad García de la Cadena, que fue un dinámico caudillo en el último tercio del siglo XIX, hasta que Porfirio Díaz mandara asesinarlo porque le estorbaba. El ser cuñado de este general, atrajo sobre don Cuco Peña las atenciones de los villistas, pues suponían que era poseedor del fabuloso tesoro que -aseguraban- el militar había dejado escondido en la región de Jerez. Además, era primo del general Jesús Aréchiga fuerte figura del porfiriato en la entidad y muy odiado por los revolucionarios.
Desde el 30 de octubre de 1913 los villistas tomaron la ciudad, y ya no hubo intento de las fuerzas federales huertistas de retomar la plaza, así que los generalazos de la división del centro se instalaron en las mejores casas de Jerez. Justo e Isidoro Ávila, Santos Bañuelos, Inés Vargas y otros se peleaban por conseguir la mejor finca. En sus ratos libres ponían a los soldados a que excavaran, buscaran en los pozos y destruyeran las macetas, buscando las riquezas que suponían habían dejado los dueños de las fincas. Los demás jefes villistas se conformaron con posesionarse de haciendas y ranchos y cobrar supuestas “afrentas”, como Daniel Vanegas que había sido peón en “El ojo de agua”, floreciente hacienda de don Teodosio Salinas, que para pronto le echó el “ojo” y se posesionó de ella y en ese lugar se realizaban todo tipo de maldades y tropelías.
-Mire doctor, ese Vanegas ya me ha enviado a varios de sus mensajeros, pidiéndome que le entregue el dinero que supone enterró mi cuñado, pero de eso no sé nada. Y como nada sé, nade le puedo dar. Me ha pedido préstamos que le he negado, pues mucho de mi capital se perdió durante la toma de Zacatecas. Y sí, tengo mucho miedo de lo que me pueda pasar a mí y a mi familia. Por eso voy a hacer la lucha de salir discretamente de la ciudad, aunque no sé si pueda, ya ve que tienen todos los caminos bien controlados.
-Váyanse usted primero, que es el que más peligro corre, don Cuco, luego mande por su esposa y toda su familia.
-Es que le quiero confiar algunos de mis bienes doctor Villalobos, ya vé que a usted lo respetan.
-No, don Cuco, no me confíe nada, porque si me respetan es sólo porque les soy útil, y si me ven con bienes, me los quitan y me quitan la vida por andar cuidando lo que ellos ambicionan.
-Mi cuñado dejó entre otros papeles éste documento que le voy a dejar. No sé qué tan real sea. Guárdelo entre sus libros, y cuando pase toda esta situación, si no regreso, le regalo lo que encuentre.
Gral. Trinidad García de la Cadena.
Fuertes golpes en la casa del doctor Villalobos se oyeron cuando los amigos se estaban despidiendo. Esa calurosa tarde del jueves 28 de julio de 1914 sería la última para don Refugio Peña. Varios secuaces de Daniel Vanegas se metieron hasta la sala de la casa del galeno y a empellones sacaron a su víctima. De nada valieron las protestas del médico, pues fue acallado con un fuerte golpe dado con la cacha de un máuser.
Con las manos atadas en la espalda, una soga al cuello fue llevado a cabeza de silla por la calle del Espejo y la de la Fortuna, para seguir luego por los arquitos y el camino al Huejote. Sabedores de cómo se las gastaban los villistas, nadie se atrevió a decir nada ni a cruzarse por el camino de esos desdichados seres (los captores y el capturado). Casi anocheciendo llegaron al Ojo de Agua. Don Cuco fue martirizado de muchas formas para que les dijera dónde tenía escondido lo que García de la Cadena le dejó. Se lo llevaron luego al cercano rancho de San Antonio y ahí de manera cobarde lo acuchillaron. Todavía moribundo le cortaron un dedo para sacarle un anillo que parecía de oro. Don Cuco tenía dos dientes de oro, mismos que con una piedra el propio Vanegas se los desprendió y se guardó en el bolsillo del chaquetín.
Gente piadosa que encontró luego el informe cuerpo, lo sepultó al pie de un barranco. Cuando pasó la era del terror villista exhumaron sus restos y los llevaron al panteón de Dolores, donde todavía está su lápida, esto fue hasta mayo de 1919.
El doctor Jesús Villalobos, originario de Guadalajara y viudo de Rafaela Sánchez Castellanos murió en 1919, y sus restos reposan solitarios en una cripta subterránea del panteón de Dolores.
Entre los papeles que sus parientes encontraron, se encuentra un escrito viejo, que entre otras cosas dice:
“La Gavia, Jerez. Marzo de 1878. En el cerro de El Tajo, del lado de arriba se ve un reliz de 3 varas de alto más o menos, al pie está una cueva tapada con piedras y sangre de mula, ahí pusimos dos cargas de riales. Desde arriba del reliz se ve el abra del tajo. Y parados en el respaldo del lado para Atitanac, hay una peña en que en los meses de abril a junio da el sol primero. Al pie de esa peña hay un reliz, hay que bajar dos estados, y se encuentra una sala tapiada con adobes. Adentro hay cinco cargas de oro y en el fondo doce de plata y cosas de valor. Si se saca ese tesoro, que se separen cuatro cargas de plata para misas para las almas que cuidan el lugar”.
Tal vez sea parte del mítico tesoro que guardara para tiempos mejores el general Trinidad García de la Cadena.

viernes, 1 de abril de 2016

EL PRIMERO DE ABRIL ES LA FECHA SIMBÓLICA EN QUE SE CELEBRÓ EL 444 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE JEREZ.

El viernes anterior, (primero de abril) el H. Ayuntamiento de Jerez realizó una sesión solemne de cabildo con el único fin de determinar la fecha en que se celebraría la fundación de nuestra ciudad, con los resultados del Congreso al cual se convocó oportunamente a historiadores, cronistas, estudiantes y público en general para que aportaran todas las pruebas conducentes para dar luz al respecto.
Nueve trabajos fueron leídos durante el Congreso, y la comisión dictaminadora estuvo integrada por profesionistas representando a la Facultad de Historia de la UAZ, así como al Archivo Histórico de Zacatecas y a la Asociación Nacional de Cronistas. Ellos, luego de leer y examinar a conciencia los trabajos académicos determinaron por unanimidad que Bernardo del Hoyo Calzada y Luis Miguel Berumen Félix merecían ser los triunfadores, pues sus trabajos reunían las características de investigación adecuadas y aportaban pruebas necesarias para el conocimiento de los primeros años de nuestra ciudad.
Además deliberaron entre ellos y propusieron al Cabildo que se eligiera el año de 1572 como el año definitivo del poblamiento y fundación de la villa de Xerez, así como que se recordara a los fundadores españoles Pedro Carrillo Dávila, Martín Moreno y Pedro Caldera en el domingo anterior al sábado de gloria, pero como la fecha es movible, las autoridades propusieron que fuera el primero de abril.
Portada del trabajo que yo presenté.
Luego de escuchar el informe sobre el citado Congreso “La fragua de una ciudad”, y de escuchar la lectura del dictamen de los jurados, el cabildo por unanimidad declaró como fecha conmemorable el 1º. de abril.
Pero, como en todo, hay gentes que le abonan siempre a lo negativo, y creen ser poseedores de la verdad absoluta, para pronto un individuo de esos hizo un comentario en las redes sociales que dice: “Lo peor de éste mundo es engañar, y peor cuando se usa la mentira, Jerez no se fundó en 1572, quizás nunca ocurrió, no hay nada para demostrar lo que el Ayuntamiento pretende dejar como inútil legado a la posteridad…”.
Mucho me gustaría que el autor de esos comentarios se hubiera tomado la molestia de asistir al multicitado Congreso, o participara esgrimiendo sus argumentos con un escrito entendible y en el que mostrara el porqué de sus aseveraciones, como lo que asegura que él tuvo en sus manos la cédula en el que el rey ordena la fundación de Jerez, pero que no se distinguía el año porque estaba borrado. Eso, es mentira porque Jerez no fue fundado por instrucciones del monarca español, sino que su fundación y poblamiento fue ordenada por la Audiencia de la Nueva Galicia.
Respecto a lo que dice que “no hay nada para demostrar lo que el Ayuntamiento pretende dejar como inútil legado a la posteridad”, ocurre que por su enfermedad no puede salir y no ha podido consultar fuentes o archivos de primer órden, donde se encuentran papeles originales que hablan de los primeros años de vida de la villa de Xerez así como de su poblamiento y fundación. En el archivo de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid, está el manuscrito original de las “Relaciones Geográficas de la Villa de Jerez, bajo la signatura 9.25-4/4662-VIII, que sido uno de los vehículos más importantes para el conocimiento de los primeros años de vida de Jerez. Francisco del Paso y Troncoso y René Acuña hicieron transcripciones de ella. Comentada por el Profr. Valentín García Juárez en “Historia de la Fundación de Jerez” y extractada por don Eugenio Del Hoyo en “Jerez corona a su reina”. (Revista realizada en 1961). En Jerez existe una copia facsimilar extraída directamente de los originales que están en Madrid y que posee Luis Miguel Berumen Félix.
Foja de las Relaciones...
Dichas relaciones fueron escritas por gente que vivió en Jerez, y que recordaban los acontecimientos de su fundación, acaecida pocos años antes. Además en el archivo de Guadalajara de la “Primigenia Audiencia de la Nueva Galicia” están los “testimonios de los negocios que provee la Real Audiencia de Galicia” donde se habla de la fundación de la villa y del sueldo que se le ha de pagar a su alcalde mayor, que son documentos fehacientes escritos a pocos días de la primera fundación de Jerez, ocurrida a fines de 1569. (Luego se despoblaría por la guerra chichimeca y se poblaría definitivamente en 1572).
Muchos prestigiados cronistas e historiadores, como Philip Wayne Powell, Joaquín García Icazbalceta, Fray Alonso de la Mota y Escobar, Juan López de Velasco, Peter Gerhard, Rafael Diego Fernández Sotelo, Fray Antonio Tello, Primo Feliciano Velázquez, etc., han escrito sobre la fundación de Jerez apoyados en fuentes de primer orden, documentos existentes y que el agorafóbico sujeto dice que no existen.
La decisión del ayuntamiento de Jerez la considero muy acertada, histórica y además nos devuelve una identidad perdida por caprichos y mentiras de algunos que siempre están criticando lo que se hace para el bienestar común.
El trabajo que yo entregué para este Congreso es una larga investigación, de muchos años, y que consta de 34 fojas (resumidas), en las que se incluyen los antecedentes, los hechos, propuestas, conclusiones, acompañado de sus correspondientes citas a pie de página, la extensa bibliografía que se consultó (documentos originales y copias facsimilares), los archivos en que se buscaron y encontraron referencias, así como revistas, impresos y papeles sueltos en que se habla de la fundación y poblamiento de Jerez. Estoy muy contento por haber contribuido en algo a la búsqueda de nuestra identidad histórica, por lo que me parece de muy mal gusto en que alguien asegure lo que él cree es su verdad.

Hay gente que está como los burros viejos, que nomás rebuznan para que no les den un llegue…

viernes, 25 de marzo de 2016

FELIPILLO MATÓ AL JEFE POLÍTICO DE JEREZ…

Desde muy temprano corrió como un rumor, -y luego como un hecho comprobado-, por toda la pequeña ciudad de Jerez. Las malas noticias tienen alas, y alas le sobraban a esa noticia que volaba por los aires caniculares llenando los oídos de los madrugadores jerezanos.
Ese lunes 8 de agosto de 1859 fue muy diferente en Jerez, e inolvidable y trágico para la familia Llamas Carrillo. Doña Epigmenia Carrillo estaba en un sollozo contínuo, en un alarido desgarrador. Y es que le asesinaron a su marido, a don Juan Francisco Llamas y Valdés, con quien se había casado apenas 11 años antes. Sus dos pequeños hijos Paquito y Cuquita, de tan solo nueve y siete años de edad, aunque no comprendían cabalmente la tragedia, se unieron al concierto de sollozos de su madre.
La casa de la familia, en la céntirca calle de “Los Pajaritos” se llenó prontamente de vecinos y familiares, pues los Llamas eran ampliamente conocidos en Jerez, familia de abolengo y de respeto, de mucho respeto… respeto que no le tuvo Felipillo de Jesús Sánchez Damiana a Juan Francisco cuando le clavó repetidamente su puñal, atravesándole el corazón.
Felipe tenía muchos agravios con el asesinado, y de tiempo atrás, pues ambos habían nacido en 1823, con pocos meses de diferencia y desde su niñez y juventud tuvieron repetidos altercados. En sus borracheras, el agresor había jurado que cualquier día mataría a Juan Francisco, por engreído y por tener lo que él nunca tuvo y deseaba tener, por eso lo apodaban “el curro”.
El gobernador de la entidad, que era Jesús González Ortega mandó que se hiciera una investigación amplia sobre el suceso y se castigara con todo el rigor necesario a los culpables.
Sucede que en esos tiempos estaba una pugna enorme entre conservadores y liberales desde las famosa Constitución de 1857. González Ortega se aferró al gobierno zacatecano y mandó a los conservadores allá lejos, donde no molestaran. Pero éstos, no se consideraban derrotados y formaron grupos grandes de guerrillas que se dedicaron al bandidaje mientras confiaban volver al poder.
Felipe Sánchez, el famoso curro, se acogió al bando “de los mochos” o conservadores y encabezaba una numerosa partida de bandoleros que en no pocas ocasiones entraron a Jerez despojando de sus propiedades a los pacíficos vecinos que en su camino encontraban. También eran muy afectos a atracar las haciendas cercanas a la ciudad, llevándose todo lo que había en las tiendas de raya. Y completaban su dieta asaltando las conductas y diligencias que tenían la desdicha de cruzarse con ellos por los caminos de la región.
El jefe político de Jerez, -que lo era Juan Francisco Llamas-, fue avisado que la banda del curro se encontraba en las goteras de la ciudad, por el rumbo de El Compartidor, que habían asaltado la hacienda de El Tesorero y se vinieron bordeando el arroyo de Godina para pasar por Jomulquillo y adentrarse en la sierra.
El sábado 6 de agosto por la tarde, las autoridades jerezanas encabezadas por su jefe político, armados con lanzas, mosquetones viejos y pistolas antiguas se dirigieron al lugar donde les habían dicho que estaba “El Curro” y su gente. La idea era sorprenderlos cuando oscureciera, coparlos y llevarlos presos a Jerez. No resultó, porque así como las autoridades tenían informantes, también los contrarios contaban con un excelente servicio de espionaje.
Toda la noche se la pasaron “zorreándose” unos a otros, quizá los bandos se encontraron en la oscuridad pero no se reconocieron y fue hasta la madrugada del domingo en que los soldados y autoridades alcanzaron a ver a la gente de “El Curro” que se iban por el rumbo de Jomulquillo. Espoleando sus caballos, lograron darles alcance ya cuando habían alcanzado “El Portillo”. Ahí comenzó el combate, muy desigual pues los bandidos aventajaban en número a sus perseguidores. En persecuciones, luchas cuerpo a cuerpo y escaramuzas se les fue buena parte del día. Ya tenían asegurada la victoria los asaltantes y despojaron a los otros de sus pertenencias, pero en eso, Felipe, el mero curro, tumbó de su caballo a Francisco, y en el suelo lo apuñaló varias veces, hasta ver que luego de convulsionarse, quedaba yerto.
Un corrido de la época que por desgracia casi se ha perdido, relata este hecho:
“…Felipillo, sacó un puñal, / y de un solo golpe certero / le enterró el cortante acero / a Francisco, su rival…”
El regreso a la ciudad fue triste, como a todos los despojaron de sus armas y cabalgaduras, a pie bajaron de la sierra, cabizbajos, tristes, algunos heridos, llevando en una parigüela los restos del joven jefe político Francisco Llamas.

A expensas de los bandidos quedó Jerez, pues la autoridad estaba acéfala, pero un correo fue enviado de inmediato al gobernador González Ortega, y éste mandó también de inmediato un cuerpo de lanceros para que se hiciera cargo de la seguridad de la región, además de investigar dónde se habían escondido los agresores. Apenas nueve días antes había estado en la pequeña ciudad, González Ortega, para dar a conocer el decreto por el cual se denominaría en lo sucesivo a Jerez como “Ciudad García” como homenaje al ilustre jerezano Francisco García Salinas, por lo que consideró el gobernador que ese crimen no quedaría impune.
A los pocos días, el alférez, que lo era Manuel Dena, reconoció a un sujeto que traía un jorongo que era propiedad del secretario de la jefatura política, el joven José María Hinojosa, del que había sido despojado cuando intentaron combatir y capturar a los bandidos de “El Curro”. Mónico Carrillo Olague fue apresado y obligado a confesar sobre la procedencia del jorongo. Como los métodos de la época eran bastante coercitivos, Mónico cantó bien y bonito. Dio santo y seña de dónde se encontraba El Curro Felipe y su banda. Pronto fueron atrapados. En una lluviosa mañana de octubre, Germán Sánchez y María del Refugio Damiana  veían con pesar cuando en la plaza de Jerez era fusilado su hijo Felipe de Jesús, junto con varios de sus seguidores.
Como recordatorio para los conservadores, González Ortega ordenó que la campana mayor del Santuario fuera bajada, y transportada en un carro tirado por bueyes para Zacatecas, con intención de convertirla en balas para combatir a los conservadores.
Doña Epigmenia se resignó y crió sola a sus hijos, falleciendo el 6 de abril de 1882. Francisco Llamas Carrillo se casó en 1876 con Francisca Muñoz Llamas- Él murió el 14 de agosto de 1921. Fue creador de muchas industrias jerezanas. María del Refugio Llamas Carrillo se casó con Atenógenes Llamas Sandoval el 16 de enero de 1868.
            José María Hinojosa emparentó con la familia al casarse con Juana de Dios Llamas y Valdés, el 18 de octubre de 1871. Siempre estuvo ligado a la política. Falleció el 11 de julio de 1889, y ya el teatro se conocía como “Teatro Hinojosa”.

Francisco Llamas Carillo tenía su despacho por la calle de la Parroquia, donde estaban los talleres de los Carroceros y Carpinteros "Juan Sifuentes y Hermanos"

miércoles, 9 de marzo de 2016

HISTORIADORES DETERMINAN FECHA DE FUNDACIÓN DE JEREZ


Dentro del Congreso “La Fragua de una Ciudad”, convocado por el Ayuntamiento jerezano 2013-2016, mediante los trabajos triunfadores se propuso como fecha de fundación del municipio, el año de 1572.
El secretario de gobierno Samuel Berumen de la Torre, el cronista adjunto del municipio Héctor Manuel Rodríguez Nava,  Jesús Espinoza Serafín Regidor  y la comisión dictaminadora, integrada por el cronista del Estado Manuel González Ramírez, el docente investigador de la Unidad Académica de Historia Roberto Carrillo Acosta y el representante del Archivo Histórico de Zacatecas Oscar Edilberto Santana Gamboa, estuvieron presentes durante la revisión de los proyectos.
De manera unánime se otorgó el primer lugar al trabajo titulado “La Fundación de Jerez, Zac.” cuyo autor es Bernardo del Hoyo Calzada, y también de forma unánime se otorgó el segundo lugar al trabajo titulado “Poblamiento y Fundación de Jerez” de Luis Miguel Berumen Félix.
Para este ejercicio se atendieron todas las aportaciones, pruebas y testimonios presentados por los participantes, y dicha Comisión propuso al Ayuntamiento jerezano que el año de fundación de la Villa de Jerez de la Frontera sea 1572, considerando este año como la consolidación del asentamiento español en este territorio, que si bien los primeros intentos se llevaron a cabo entre 1569 y 1570, el año de 1572 es histórico porque representa el inicio del desarrollo ininterrumpido de este asentamiento, que desde entonces se ha mantenido con el valor, tenacidad y trabajo que caracteriza a su población hasta hoy en día.

A través de estos proyectos, fue  también como se propuso que en el domingo previo al Sábado de Gloria, se rinda anualmente homenaje a quienes pusieron los cimientos de la ciudad, entre ellos Pedro Carrillo Dávila, Pedro Caldera y Martín Moreno, todo esto dentro del preámbulo de las fiestas máximas de Primavera de Jerez.

viernes, 19 de febrero de 2016

LA CULTURA NO VA CON LOS GASES


Sulfido de hidrógeno, metanetiol y sulfido dimetil son gases apestosísimos que contienen sulfuro, y de por sí, solos son olorosos juntos lo son más. En días pasados, aprovechando mis vacaciones, asistí a un evento cultural que prometía estar agradable. De esos eventos en los que es de muy mal gusto llegar tarde, interrumpir o irse a media función. El Teatro Hinojosa –porque fue en el teatro- estaba más o menos lleno, gente culta pensé yo. Cuando de pronto, el ambiente frente a mí se comenzó a llenar de un aroma indescifrable y muuuuy desagradable. Emanaciones contínuas de los gases mencionados al principio. Si prendiera un cerillo en el trasero de la persona que estaba sentada adelante de mí, seguro que se verían ráfagas verdes o azuladas. Algunos manifestamos nuestro desconcierto y descontento tapándonos con la mano boca y nariz, pero eso en nada detenía la constante afluencia del sulfido de hidrógeno. 
Yo no traía ni un méndigo papel para hacerme aire y en esos momentos en lugar de ver la actuación de los artistas en el foro, pensaba en dos madres, en la de la persona que a placer se echaba sus flatulencias tipo cochina dormida. Esa madre que seguramente no le enseñó reglas de convivencia social, y que le ha de haber rellenado también la panza de cebollas, ajos, frijoles y demás alimentos creadores de gases. Y pensaba también en mi mamá, que cuando íbamos a salir, nos mandaba a todos primero al baño aunque no tuviéramos ganas. “Van y se me exprimen bien, para que no anden con su circo en la calle”. Dice un refrán “que vale más perder un amigo que una tripa”, pero en esa ocasión creo que ninguno de los que estábamos soportando la feroz acometida gaseosa éramos amigos de la interfecta (porque era interfecta) y además tampoco la gaseadora estaba en peligro de perder una tripa, pues se notaba que hasta disfrutaba cada que soltaba uno de sus efluvios, ya que hasta levantaba un poco la nalguita de la silla y se fruncía un poco. Hubo un momento en que de plano ya no soporté, y me levanté de la silla, diciéndole a mis vecinos de asiento: “Ahí se las dejo, toda para ustedes, no dejen de darle el golpe”. Salí encarrerado por el pasillo y de milagro llegué al baño donde vomité pues mi organismo no pudo soportar tanto martirio. La próxima vez, creo que tendré que ir preparado con una buena máscara antigases.
EL PANTEÓN DE DOLORES Hace ya mucho tiempo comentaba acerca del estado en que se encontraban las criptas, mausoleos, monumentos, templetes y demás del Panteón de Dolores. Y es que estaban dañadas gravemente. La falta de mantenimiento adecuado, además de la fuerte lluvia debilitaron la cantera. La humedad se la comía. Hay monumentos que se resquebrajaban, y que existen completos gracias a fotografías oportunamente tomadas. Algunas leyendas de las lápidas ya no se pueden leer. . A mí en lo particular hace años me llamaba mucho la atención la dedicatoria que Sofía de la Torre dejó a su marido en el catafalco que hizo en su memoria, donde en la parte superior se ve un ancla, luego dos manos, separados ambos elementos por una leyenda en latín “In te domine speravi, non confundar in aeternum”. Y más abajo reza: “Restes cheris de celuí que jái tant aimé, jamais mon coeur ne palpitera que pour toi” (Restos queridos del ser que tanto amé, jamás mi corazón no palpitará por nadie más que tú). Y en la parte de abajo se podía leer: “Mi querido esposo, do quiera que alienta, ven con tu recuerdo mi vida a animar, no dejes ¡oh no! Que el pecho del que había amado, algún día te llegue a olvidar. Su esposa Berta Sofía de la Torre. D.E.P.”. Esa dedicatoria se fue descascarando y ya no existe, solo la podemos ver en fotografías.
Fue durante la administración del profesor Benito Juárez cuando se creó un patronato pro conservación del panteón, pero era un patronato solo de membrete pues no se les dieron atribuciones para gestionar fondos para la restauración de este lugar. Entonces se enlozó todo el corredor de acceso a la primera sección, se le dio su manita de gato, y hasta se le dotó de iluminación ambiental con miras a que fuera incluído en futuros recorridos turísticos.
Entonces hubo la intención de tratar de incluir el Panteón de Dolores en algún programa como el Fondo de Apoyo a Comunidades para la Restauración de Monumentos y Bienes Artísticos (de CONACULTA). Los primeros pasos para hacer la solicitud se dieron, y se me encargó hacer el expediente (más de 300 páginas que nunca me pagaron). Pero todo ahí quedó con el cambio de gobierno.
Cuatro años después, el regidor encargado de panteones, solo se preocupó porque hicieran unos sanitarios, porque de otro modo “se tenía que andar miando entre las tumbas”. Creo que ni siquiera los sanitarios existen.
Es curioso que sean personas nacidas en otras latitudes quienes aprecian el valor de nuestra arquitectura civil y religiosa, como es el caso de mi buen amigo el Dr. en arquitectura Carlos Lira Vásquez, quien en su libro “Una ciudad ilustrada y liberal, Jerez en el Porfiriato” hace un muy extenso estudio sobre nuestra ciudad, y dedica más de 40 páginas al panteón. “Sin bridas por el desfiladero de la muerte”. Un estudio que bien vale la pena leer y entender.
El cronista adjunto enseñándome los trabajos que se realizaban en el panteón.
EL RESCATE. Afortunadamente el año pasado se realizaron trabajos de restauración en el panteón, mismos que presentaron grandes dificultades, pero afortunadamente quienes intervinieron salieron avantes de la encomienda. El cronista adjunto de Jerez Héctor Manuel Rodríguez Nava, tuvo importante labor en esta restauración. (El otro cronista puede ser que ni enterado esté de los trabajos realizados). Ahora, podemos presumir que el Panteón de Dolores está convertido en un excelente museo, se han recuperado lápidas, se han descubierto tumbas perdidas, se reconstruyeron catafalcos y mausoleos, y la historia de Jerez se puede reescribir con toda la investigación realizada sobre los hallazgos en el panteón.
La galería abajo del edificio de La Torre.
LA SALA DE LEYENDAS. Abajo del piso del edificio de la Torre, hay dos extensas galerías, perfectamente ademadas de piedra. Si esas galerías se adecuaran, se les dotara de una entrada con escalones, se me ocurre que podría servir como una “galería de lectura de leyendas”, con la iluminación adecuada y un buen narrador, sería otra alternativa cultural para Jerez. Pero… hay muchos peros, el primero, Monumentos Coloniales, que siempre y por todo se pone sus moños. Otro pero sería la falta de visión a futuro, y otro pero más, que no hay presupuesto.
En la galería que está en la casa donde se pretendía hacer el Museo de la Charrería también sería agradable hacer un “café subterráneo” aprovechando el amplio espacio de ese tramo de túnel que dicen los cronistas no existe.
Monumentos Coloniales siempre ha sido una traba, pues sus disposiciones son de tipo inquisitorial, sus lineamientos son absurdos y obtusos. Además, que en Jerez lo único colonial es la Parroquia de la Inmaculada y dos que tres fincas cercanas, pues la mayoría de las construcciones jerezanas que aún existen son del siglo XIX, cuando ya no existía la colonia…

jueves, 18 de febrero de 2016

LA NIÑA DE LA TIENDA Y EL ENVOLTORIO DE PEDRO

Me gustaba presumir lo que sabía hacer, pues ninguna niña del rancho conocía el uso de la balanza de pesas que teníamos en la tienda. Una  balanza que en sus mejores años debió ser dorada. En uno de sus platos colocaba las pesas, de un kilo, de medio, de un cuarto, de cien gramos, etc., y a veces le ponía monedas que discretamente me daba mi papá. –Hay qué ajustar el fiel por las mermas- decía. En el otro lo que me pedían. –Dame medio kilo de azúcar. Y con el cucharón sacaba del cubo de madera el azúcar que luego vertía en el plato de la balanza, hasta que la flechita estuviera a la mitad. Lo mismo con el maíz, arroz o frijol. Que un centavo de manteca y con la enmantecada pala sacaba de un bote de cuatro hojas la necesaria que embarraba en un papel de estraza y luego pesaba. Que un “blanquillo” de galletas y de alguno de los cajones con galletas agarraba con mis manos lo que creía conveniente y lo pesaba. Cuando se trataba de piloncillo, mi papá lo despachaba, pues no me dejaba agarrar la pequeña hachuela que se usaba para cortarlo.

La balanza era de fierro ya muchas veces pintada y repintada, y tenía forjadas dos figuras de dragones con los que me entretenía en ratos, imaginando cuentos de princesas y dragones echadores de lumbre.
La tienda tenía unos viejos anaqueles de madera y un mostrador cubierto con hojalata que de tanto y tanto en partes ya se había desintegrado. Mi abuelo la armó y equipó allá por los tiempos en que los soldados franceses andaban por la región. Él mismo hizo las armazones, los cajones, el mostrador y dicen que hasta los cuartos que ocupaba la tienda y trastienda. Mi papá me enseñó desde muy niña a hacerme cargo de la tienda. En las mañanas él estaba ahí, pero cuando empezaban a llegar todos los señores del rancho a hacer la tarde, me hablaba para que yo los atendiera. Llegaban, se sentaban en los costales de frijol, de trigo o de maíz, en piedras en la calle, o recargados en la puerta y se ponían a tomar “amarguitos”. Estos amarguitos los preparábamos en garrafas. De Jerez nos traían alcohol en botes de cuatro hojas y de ahí se llenaba la garrafa a la mitad, luego se le agregaba agua, unos mecates, un puño de estafiate y otras yerbas y se dejaba reposar una semana.
Mi papá era el que empezaba a servirles su “amarguito” en vasos de veladora, pero de rato, él también andaba bien “amargado”, y entonces me tocaba a mí seguir llenando los vasos de los rancheros. Eso de que tomaran en la tienda o sentados en las piedras de la calle no me gustaba, porque luego luego se ponían borrachos, les daba por decir incoherencias, malas palabras, se peleaban, tiraban balazos, presumían sus pistolas o sus cuchillos y todos se orinaban en el mezquite que estaba para el lado de la iglesia. Al otro día apestaba bien feo y me tocaba llevar baldes de agua desde el arroyo que estaba a un potrero de distancia para limpiar el mezquite. Aparte, muchos se iban sin pagar y aunque yo anotaba lo que se tomaban, cuando les cobraba en tiempos de cosecha decían que no era cierto, que no debían nada, que los quería perjudicar, y mi papá nomás decía que estaba bien que no les cobrara.

Cuando pasó la temporada de lluvia del 26, todos platicaban que un señor que compraba animales que se llamaba Pedro Quintanar se había levantado en armas contra el gobierno, y que andaba por todos los ranchos animando a la gente para que se uniera con él. Todos los hombres del rancho estaban muy animosos, decían que estaban listos para cuando llegara ese señor Quintanar se unirían con él. Pero lo decían borrachos y la valentía se les acababa cuando estaban ya compuestos.
Un domingo, cuando comenzaban los fríos, como a fines de octubre, llegó un grupo de hombres armados, unos a caballo, otros en mulas y otros a pie. Al saber que llegaban, todos los del rancho se escondieron, mi papá se metió a una covacha que estaba en el venero del pozo y ahí estuvo acuclillado todo el día. Muy valientes no resultaron, más bien les ganó el miedo. Unos ganaron para el cerro y allá se estuvieron escondidos entre los matorrales.
Como la tienda estaba muy cerca de la placita, ahí llegaron los armados, amarraron sus caballos en los mezquites cercanos. Aunque cerramos muy bien la tienda, nos obligaron a abrirla. Mi mamá se volvió pura lloradera y se metió para la casa donde se encerró bien encerrada. Entonces yo les hice frente. Muy respetuosos me pidieron maíz, azúcar, harina, piloncillo, sal, manteca y galletas. Todo sacaban en costales y lo cargaban en sus mulas hasta dejar la tienda casi vacía. Les insistía que si me iban a pagar, y nomás se carcajeaban.
Ya anochecía cuando llorosa los veía que se iban y en eso se me arrimó un señor alto, ya añejón, medio agüerado, con sus dos carrilleras cruzadas sobre el pecho, y me dio cuatro monedas de oro. –“Niña, creo que con este dinero pagamos lo que nos llevamos, me saludas a tu papá y ya dile que salga del pozo, que no le vamos a hacer nada”.
Luego, se iba a montar en su caballo, pero se devolvió cargando con las dos manos un envoltorio que traía en la silla de su animal. –“Te voy a hacer un encargo, pero no le digas a nadie, ni siquiera a tus papás: quiero que me guardes este paliacate donde solo tú sepas, escóndelo bien escondidito y a nadie le digas de esto. Yo volveré por él cuando lo necesite”. Dejó el mandado envuelto en un paliacate rojo en el suelo, atrás del mostrador y se despidió. –Oiga, ¿y cómo se llama usté? –le pregunté cuando ya le había picado los ijares a su caballo. –“Me llamo Pedro, Pedro Quintanar, pa’ servirle a Dios y a usté muchachita chula”. No se me ocurrió mejor escondite que mero abajo del cajón del arroz, ahí metí el pesado envoltorio y lo cubrí con lo que quedó de arroz.
Todavía no se disipaba la polvareda de la caballada de esos cristeros cuando por arte de magia salieron los “valientes” hombres del rancho. Mi papá veía su tienda semivacía y nomás se rascaba la cabeza pero no decía nada. –Tenga apá, dijo el señor Pedro que con eso pagan lo que se llevaron y que ya no se ande escondiendo en el pozo- le dije a mi papá riéndome con risa como de conejito, cosa que no le ha de haber gustado mucho, porque me soltó un manotazo que me hizo chillar.
Al siguiente día, muy de madrugada salieron en los burros mi papá y mi mamá para Jerez, y llegaron hasta el otro día, con el burrerío bien cargado de todo lo que hacía falta en la tienda. Hasta unas telas para hacernos ropita compraron. La vida en el rancho siguió casi igual, los rancheros tomando “amarguitos” fiados, miándose en el mezquite y escondiéndose cuando oían rumores de caballada. Yo me acordaba del envoltorio que estaba escondido en el cajón del arroz y siempre procuraba tenerlo bien “rasito” para que nadie se diera cuenta de lo que ahí había.
Fue en el mes de abril del siguiente año cuando llegaron los soldados federales, capitaneados por un tal “Vargas” al que luego supe le decían “la tripa”. Llegaron muy bravos, buscando cristeros en el rancho, y como no los hallaron, fusilaron a muchos de los hombres del lugar, mataron nuestros animalitos, quemaron las casas, las trojes y nos obligaron a que nos fuéramos solo con lo puesto con rumbo para Jerez.
Toda la noche caminamos, como fantasmas, las mujeres a llore y llore, los niños no entendíamos bien lo que pasaba, los hombres muy serios y asustados. Y los federales arriándonos como si fuéramos animales, echándonos los caballos encima para que no nos rezagáramos.
En Jerez nos metieron a unos cuartuchos del portal de las palomas, ese que está atrás de la Parroquia. Nos sentíamos tristes, muy desgraciados, pues estábamos acostumbrados a andar en el campo, y ahora nos tenían a familias enteras compartiendo cuatro paredes, un baño muy insalubre y lo que es peor: mendingando para llevarnos una tortilla a la boca, porque nada nos dejaron. Decían que era nuestro castigo por encubrir cristeros, que el general López había decidido acabar con todos los ranchos “Muerto el perro, se acabó la rabia” –Dicen que decía.
Fueron más de tres años que vivimos penando en Jerez. Todos llenos de piojos, sin disponer de agua para bañarnos. Flacos, anémicos, enfermos y arrastrando nuestra desgracia por las calles de la ciudad pidiendo caridad. Nuestra ropa era de lo peor, puros trapos sucios y con parches en los parches. Cuando se acabó la cristiada nos dejaron regresar al rancho, y ahí fuimos a ver las ruinas de nuestras casas abandonadas, quemadas, sin techos. La tienda de mi papá ardió y yo creo explotó con los botes de alcohol, de las paredes no existía casi nada. Al quemarse el techo, cayó sobre los estantes de madera y quedaron cubiertos por adobes y piedras. Cuando me puse a recordar la disposición busqué dónde estaba el cajón del arroz, y lo encontré, quemado de su tapa, el arroz se lo comieron las ratas, pero el paliacate ahí estaba, mordisqueado y semipodrido.
-Papá, el señor Pedro Quintanar me dio a guardar ese envoltorio, que iba a venir por él me dijo.
-No’mija a don Pedro lo mataron a puñaladas en Chihuahua. Ya no va a venir por su mandado. Presta para ver qué es.
Y mi papá deshizo el nudo del paliacate, que protegía otro paliacate y encontró un buen puño de monedas de oro. Monedas pequeñas, pero muchas. -¿Y si el señor ya no vive, a quien le entregamos eso? –pregunté.
-Mira m’ija, esos desgraciados nos mataron nuestros animalitos, nos quemaron nuestras casas, las tierras quedarobn yermas, no tenemos ni siquiera una tortilla para llevarnos al gurguñate, yo creo que don Pedro mirará muy bien que ese dinero que dejó lo usemos para regresar a Jerez, pero ahora no llegar como limosneros, llegar y vivir con la frente en alto. Yo creo que ya nos sacrificamos mucho. ‘Ámonos pa’ Jerez.
Y así fue, regresamos a Jerez, pero ahora, con el dinero de Quintanar compramos una casita, pusimos una tienda de abarrotes en la que ya no vendí “amarguitos”.

viernes, 12 de febrero de 2016

EL TESORO DEL CALLEJÓN DE LOS ÓRGANOS

-“No creo que se acuerde de la cruz que estaba ajuera del panteón de Dolores, pegada a la barda del lado norte. Esa cruz la puso don Cuco Vanegas para ir a pedir a Dios por  su hijo Dañel, que fue muy maldito, pos’ fue quien quemó a un sacerdote y a su mamacita (la del sacerdote) en una caldera de un molino; cuando lo mataron en tiempos de la revolución echaron su cuerpo a una fosa común y no le permitieron a su padre pusiera una cruz dentro pa’ recordarlo. Así que la puso ajuera.
“Ese Dañel era muy mala alma, se metió de revolucionario cuando vinieron las tropas de Pánfilo Natera, y a los pocos días andaba presumiendo que era general. Los que andaban con él eran puros de su calaña, acostumbrados a la malditura, se robaban a las muchachas de los ranchos y nomás les hacían la maldá y las dejaban a su suerte. Aparte, le traiban munchas ganas a la hacienda del Ojo de Agua, acá por el Huejote.
“Tantas maldades hizo ese Dañel, que sus mismas gentes lo mataron y en un carretón de basura lo trajeron a enterrar en una fosa común que había pegada a la pader. La cruz que puso don Cuco quedaba esaitamente frente al callejón de Los Órganos, pero antes no había casas, solo unos tecoruchos abandonados y unas bardas de adobe con nopales bien enrraizados, ya muy añejas. Ya más o menos se dio una idea de dónde estaba la cruz que le digo, ora sí le voy a contar la historia:

“Don Filomeno andaba con su compadre Ponciano de rancho en rancho, de pueblo en pueblo, de feria en feria. Vendían baratijas, espejos, collares, y cosillas de esas que usan las mujeres quesque pa’ verse más bellas. Barilleros eran.
“Pos’ don Filomeno estaba añejón y ya cansado de andar de pata de perro le dijo a su compadre que él se iba a quedar a vivir en Jerez, que a lo mejor se dedicaría a la hojalatería y a criar marranos. Y es que ya tenía familia, y la ñora era la que más resentía que anduvieran como judíos errantes. Así que pa’ pronto consiguió una casa que ni siquiera le rentaron, se la emprestaron pa’ que la cuidara.
“Pos’ la casa esa es la que quedaba en el callejón de Los Órganos y daba esquina con el llanito al lado del panteón. La casa estaba abandonada, nomás eran dos cuartitos, un gallinero y un corral con bardas de adobe medio caídas, unos macheros y sobre las bardas habían crecido unos nopalones que de noche daba miedo verlos.
“En un cuartito dormían don Filomeno, su mujer y sus tres hijos. El otro lo usaban pa’ cocina y pa’ guardar triques y el compadre se quedaba en el gallinerito, al cabo acostumbrado a andar en el trote, ponía un petate en el suelo y ahí se dormía. En el corral metieron cochinos, eran marranos criollos, de esos corrientes y trompudos. En el patio don Filomeno arregló sus cosas pa’ chambiar en la hojalateada.
“Pos’ a los pocos días Ponciano le dijo a su compadre que él mejor se iba a seguir con lo de la barilleada, porque se sentía incómodo ahí, y no por quedarse en el gallinero, sino que porque por las noches se oían murmullos y se veían sombras del lado donde estaban los nopales. Don Filomeno le decía que no juera coyón, que los murmullos los causaba el viento que pasaba entre los nopales, y que las sombras era porque el mismo viento los movía. Ponciano le retobaba y juraba que eran los muertos del pantión que se querían salir.
“Don Filomeno notó después que los cochinos escarbaban en las raíces de un nopal, y se lastimaban sus trompas, así que junto con su compadre decidieron tumbar los nopales, de ese modo ya no se verían sombras ni se oirían murmullos ni voces extrañas por la noche, y de pasada, los cochinos ya no trompearían ahí. Pos’ estaban en chinga con los talaches y los picos sacando de raíz los nopales, cuando Ponciano se rajó, dijo que lo dejaran para después, porque estaba muy cansado. Filomeno le decía que le siguieran nomás un rato, que casi acababan.
“Ponciano se fue a la tienda de don Goyo Ramírez, ahí cerquita, en la esquina de la calle Dolores, a echarse unas cheves y dejó a su compadre solo. Empezaba a anochecer cuando de talachazo en talachazo don Filomeno ya casi sacaba todos los nopales. Y que da un talachazo y ¡zas! Se le fue hasta dentro de un hoyo que estaba debajo de la raíz del nopal. Y en el agujero, se encontró tres ollas de barro, bien llenitas de monedas de oro. Yo crioque como les daba el aigre no se engasó don Filomeno.
“No se portó gacho, porque luego luego jue a buscar a su compadre pa’ que le ayudara, pero el compadre ya estaba briago con las cheves que se había tomado y lo tiró a loco. De todos modos don Filomeno le convidó de las monedas que se encontró.
“Pos’ la suerte de esa familia cambió con ese hallazgo, porque después compraron esa casita y la tumbaron toda pa’ hacerla nueva. Y don Filomeno se dedicó a comprar casas por todo Jerez para tumbarlas y hacerlas nuevas. Del dinero que se jalló pue’que ya no queda nada, porque los hijos le salieron muy jijos y a escondidas de su papá se lo sacaban pa’ gastarlo en cuanta borrachera se les ocurrió.

“Y así como se lo cuento, es como me lo contaron, lo del tesoro de la casa de enfrente de la cruz de Dañel Vanegas. Que sea cierta, quen sabe, a mí así me lo contaron”.

martes, 9 de febrero de 2016

LA FUNDACIÓN DE JEREZ

En los círculos culturales jerezanos, se habla de que en este mes de febrero se reunirán estudiantes de historia, cronistas, “compadres de los cronistas” e historiadores en un congreso para “establecer definitivamente” la fecha de fundación de nuestra ciudad. La fecha no necesita establecerse, pues de que hubo fundación, la hubo. La cosa es encontrar los documentos que aún existen desperdigados por ahí, en los cuales los primeros habitantes de estas tierras hayan dejado su testimonio. Hace ya varios años ya había escrito en este mismo espacio algo al respecto, y como no voy a participar en esos foros, porque no estoy a la altura de esas gentes que juran ser los poseedores de la verdad histórica (eso dijo el fementido poeta de los codos negros), a petición de muchos de mis lectores se los ofrezco de nuevo:
EL CUESTIONARIO DEL REY

Ese sábado 13 de octubre de 1584, luego de oír la misa matutina en el pequeño templo de la “Limpia Concepción”, cuyo atrio y frente estaban entonces orientado hacia el norte, se reunieron bajo una enramada cercana los principales vecinos de la naciente Villa de Xerez de la Frontera. Ahí había dispuestas algunas sillas rústicas y una mesa, con papel, tinta, arenilla y varias plumas de ganso convenientemente afiladas para que el escribano Pedro Ramírez pudiera dar fe de lo que se realizaría.
El Juez de Comisión y Justicia Mayor de la Villa, Diego Nieto Maldonado, les mostró a todos los presentes un cuestionario de 6 hojas, en las que relucía una “P” capitular en tinta roja.  Les explicó lo que ya todos sabían: Felipe II necesitaba conocer todo su reino, ya desde 1577 Juan López de Velasco, cosmógrafo y cronista mayor de las Indias había hecho un cuestionario que por órdenes del monarca se distribuyó en todas las posesiones españolas. Por disposiciones de la Audiencia de la Nueva Galicia, lo debían responder “los gobernadores, corregidores o alcaldes mayores”. Eran tan solo 50 preguntas, pero a los vecinos, la mayoría españoles iletrados y que se vinieron en pos de la aventura y la fortuna, se les hacía muy difícil contestarlas, motivo por el cual se reunieron ese otoñal día para ver si entre todos podían hacer una contestación coherente a la “Memoria de las cofas, a que fe ha de refponder: y de que fe han de hazer las relaciones”.
El escribano comenzó con su mejor caligrafía a redactar el documento: “En la Villa de Xerez de la Frontera a trece dias del mes de Otubre de mil y quinientos y ochenta y quatro años, El Ilustre Señor Diego Nieto Maldonado juez de comicion y justicia mayor de la dicha villa y valle de Taltenango por su majestad en cumplimiento de lo que es mandado por la real audiencia de este reyno sobre la relacion que su majestad mande que se le envie de la descricion de las yndias, estando presentes los señores juan bicente y hernan garcia alcaldes ordinarios de la dicha villa y esteban garcia regidor, les dio a entender lo contenido de la dicha instruyción y aviendoles sido leida dixeron y respondieron lo siguite”
La primera pregunta estaba sencilla, y respondieron: “Que desde la fundacion de esta dicha Villa se le puso nombre de la VILLA DE XEREZ, y ansi lo confirmo el avdiencia real de este reyno de la nueba galizia en cuyo destrito cae y que no a tenido mas nombre que este”. La segunda pregunta era sobre quien fue “el defcubridor y conquiftador de la dicha provincia y el año de fu defcubrimiento…”.  Contestaron que “puede aver quinze años poco mas o menos que esta dicha villa se pobló de españoles que algunos de ellos oy en dia residen en ella la qual estava conquistada por los conquistadores antiguos de este reyno y descubridores de las minas de los cacatecas”.
Y así, se consultaban y seguían entre todos dando las respuestas a las preguntas, sobre el temperamento del clima, si es tierra llana, poblaciones de indios, distancias a otras villas, etc.
La pregunta 9 pedía se dijese “El nombre y fobrenombre que tiene, o vuiere tenido… y porque fe vniere llamado affi… y quien le pufo el nombre, y fue el fundador della, y por cuya orden y mandado la poblo y el año de fu fundación, y con quantos vezinos fe comencó a poblar, y los que al prefente tiene”…
La respuesta fue “la cavssa porque a esta villa se le puso el nombre de Xerez de la frontera fue porque es tierra a donde de ordinario andan indios de guerra robadores y matadores el qual nombre se acordó por los pobladores que de presente se hallaron en la poblacion de ellas y por la real avdiencia de este reyno le fue dado y señalado el dho nombre; y fue el primer fundador y poblador de ellas PEDRO CARRILLO DAVILA y PEDRO CALDERA y MARTIN MORENO, y ansi fueron viniendo de dia en dia, y llegaron a aver en la dcha villa treynta y seys vezinos españoles, cazados y solteros, y de presente hay doze y no más. La qual poblazón se hizo, con orden de la dcha real avdiencia, en el año de MIL Y QUINIENTOS Y SESENTA Y NUEBE”.
En 8 folios contestaron esos jerezanos pioneros todo lo que supieron sobre el valle que comenzaban a habitar. Lo interesante es que consignan que en 1569 se fundó la Villa de Xerez. Entonces no había posibilidad de que se equivocaran porque fue pocos años antes, muy pocos.
El documento lo signan Diego Nieto Maldonado, Hernan García, Juan Vicente, Esteban Garcia (que dibujó unos garabatos) y Cristobal Caldera, además de el escribano.
Sería interesante poder paleografiar y dar a conocer a los jerezanos el documento completo, pues nos habla de los primeros días de nuestra tierra. Ya varios investigadores lo han mencionado como Francisco del Paso y Troncoso (que vio el original), don Eugenio del Hoyo y don Valentín García Juárez.
El original se encuentra en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, en el edificio marcado con el número 21 de la calle León de Madrid. Dicen que hay copias en el Archivo General de Indias, en la Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, y en la Glasgow University Library. Una copia facsimilar llegada directamente desde el otro lado del charco, adorna mi archivo particular. (Me imagino que es la única que hay en Jerez). El documento no se ha digitalizado por lo que en los archivos de internet no está. Sería interesante que algún día se pudiera publicar íntegro, perfectamente paleografiado y con sus conclusiones.

Hay otros papeles que nos hablan de los primeros días de nuestro pueblo, quizá los eruditos participantes de este Congreso los saquen a relucir y se enriquezca bastante la historia de Jerez. Yo –reitero- no participaré, pues bien aplicado está el refrán ese que dicen que unos ordeñan la vaca y otros se toman la leche…

miércoles, 3 de febrero de 2016

EL CAMIÓN DEL AHUICHOTE

La calle Hidalgo de Jerez era en aquellos años muy bulliciosa, pues ahí estaba la terminal donde llegaban los camiones de los ranchos del sur de la región. Se distinguía entre todos los armatostes viejos el camión amarillo canario con franjas negras de El Ahuichote. Los domingos llegaba después de las diez, aunque podía llegar a las once, doce o una de la tarde, y eso que comenzaba su travesía a las cuatro de la mañana, cuando Antonio “Trácalas” Valdés lo echaba a andar y comenzaba a subir gente. Rancho por rancho, potrero por potrero, puerta por puerta el vehículo se detenía para ir subiendo al pasaje. Sin contar las frecuentes descomposturas que sufría el viejo y sufrido camión.
Trácalas Valdés era una persona muy simpática y se decía que en cada rancho tenía una mujer “y a todas las sube al camión y les trae su mandado” –decían las viejas argüenderas y chismosas-. Afectado por el “mal del pinto” o vitiligo se justificaba diciendo que lo había contraído “porque ordeñaba muchas vacas pintas”. Estaba acostumbrado a reparar su camión “a la mexicana”, con alambres, trozos de madera o lo que se encontrara a la mano, ya sea de día o de noche, aluzado con la muy débil luz de cerillos o cigarros que algunos acomedidos y sabios consejeros arrimaban siempre.
A las cuatro de la tarde el camión salía de la calle Hidalgo. Alegremente pedorreaba cuando daba vuelta a la calle del Santuario para agarrar camino y rodar por las brechas, veredas y vericuetos, entre nopaleras, barrancos, arboledas y corrales. La hora de salida era muy puntual, más siempre existía la incertidumbre de cuándo se llegaría a su destino, pues el vehículo amarillo se podía descomponer en cualquier parte porque de regreso llevaba el doble o triple de carga.
En su interior, la gente iba apretujada en los asientos, llevando en su regazo la “rede” del mandado, varias gallinas amarradas para reponer las que se comiera el coyote o se robaran los vecinos, bolsas llenas de cacahuates o cañas cortadas. Los que iban parados en el pasillo lo hacían muy agarrados de donde podían, pues del piso del camión solo quedaban retazos. En la canastilla del techo iban los que no consiguieron lugar abajo, revueltos entre cajas, rejas, muebles y todo tipo de mercadería que las gentes de los ranchos compraban en Jerez. Eso sí: con su sombrero de ala ancha listo para capotear y hacer frente a las ramas de mezquites y huizaches que a cada paso del camión amenazaban a su pasaje.

EL MEZQUITE SABROSO
En un potrero cercano a La Estancia de los Berumen, ya cuando comenzaba a oscurecer, el vehículo amarillo canario se negó a seguir ronroneando. “Trácalas” Valdés rápido se bajó a abrirle la trompa a su camión, armado con una pavorosa llave inglesa que desde siempre había sido su compañera en esas comunes faenas.
-“Los que van a La Estancia, váyanse caminando, yo les llevo después su mandado”-, gritó a su pasaje, pero no le creyeron –“Eh, ¿a poco? y ¿qué tal si se los lleva para sus hijitos? Nooo, mejor nos esperamos, al cabo qué tanto se ha de tardar en arreglar el camión”.
Pero la descompostura duró más tiempo. Trácalas se quitó la cachucha y se rascaba la cabeza, como si con ello motivara a que su cerebro le diera una pronta solución. Luego de golpear el motor de muchos modos, de aflojar y apretar tuercas, informó: “-Orita vengo, voy al Ahuichote por unas piezas que necesito”. Y acompañado por un amigo se fue brincando cercas para llegar más pronto a donde seguramente tendría algún fierro que le sirviera para volver a echar a andar el camioncito.
Dos compadres –cuyos nombres me reservo porque así me lo pidieron- decidieron ir a “hacer del cuerpo”, aprovechando la oscuridad y que el chofer se tardaría buen rato, pero por decoro se fueron donde había un grupo de mezquites y ahí, cada quien oculto en diferente y alejado árbol, en cuclillas hicieron lo que el hombre hace solo. Uno de ellos, al terminar, buscó una piedra para asearse convenientemente, y al tomarla vio a su lado un mezquite frondoso, lleno de vainas que brillaban con la lánguida luz que ofrecía la luna.
-“Estos mezquites han de estar bien jugositos. Orita me corto unos”- pensó poniendo manos a la acción. Pero el árbol, aunque frondoso estaba alto. Para su buena suerte, al tantear sintió como una caja de madera y se trepó en ella. Cortó todos los frutos que pudo de las ramas más accesibles y se los guardó en la chamarra y bolsas del pantalón, devolviéndose alegremente y con un chiflido se reunió con el compadre.
-“Oiga compadre, ¿qué? ¿ya masca chicles o qué?, convídeme ¿no?”
-“No compadre, no es chicle, mire ahí donde fuimos me encontré un mezquite con muchos mezquites. Están bien jugositos. Si quiere vamos pa’ que corte tantitos”.
-“Pos’ vamos, alcabo Trácalas apenas ha de ir llegando al Ahuichote”.
Llegados ante el árbol, el compadre vio que efectivamente se veía muy cargado de mezquites, pero las ramas estaban altas, por lo que preguntó al otro: -“¿Y cómo le hizo pa’ cortarlos? ¿cómo se trepó al mezquite?”. –“Pos’ ahí hay como un cajón de madera, búsquelo y súbase en él pa’ que alcance las ramas”. –“No compadre, ya le di vuelta al mezquite y no hay ningún cajón”. –“Pos’ si yo me acabo de trepar, ni modo que alguien lo haiga quitado tan pronto”.
Los compadres le dieron vuelta al mezquite y no encontraron rastros del cajón. Iluminándose con cerillos y pateando la tierra, encontraron dos moneditas de oro. –“Mire compadre, mejor vámonos, esto me da miedo”. “Sí compadre, mejor vámonos y mañana temprano, con la luz del día venimos a ver qué hay. Pero no se le olvide dónde está y cuál es el mezquite”.
Sin decir nada, se reunieron con todos los pasajeros, que molestos por la tardanza de Trácalas se dedicaban a hacer trizas su vida personal. Pasada la medianoche el chofer regresó y con unos fierros viejos que llevaba hizo funcionar el camión, repartiendo luego a pasajeros y mercancías en sus respectivos hogares.
Armados con pico y pala los dos compadres desde muy temprano regresaron y se pusieron a excavar donde encontraran por la noche las dos monedas. –“Si yo me subí a la caja de madera a cortar los mezquites, ¿cómo es que luego ya no estaba?”.

-“Pos’ a lo mejor la caja estaba llena de dinero y cómo usté la despreció, se desapareció. Eso ha de haber sido. O a lo mejor nos equivocamos de mezquite”. –“No compadre, éste era el árbol, y si lo duda mire, ahí está en ese otro mezquite mi caca de ayer y la piedra con que me limpié”. Los compadres escarbaron y escarbaron, hasta topar con tepetate y no encontraron nada, solo las dos monedas que en la noche hallaron.

viernes, 29 de enero de 2016

LOS LIBROS SON COSAS INÚTILES (dicen)

Dicen mis detractores que padezco “el síndrome de Diógenes” porque poseo libros, documentos, fotografías y que supuestamente son artículos sin ninguna utilidad. En una ocasión, una persona visitó la casa de mis hermanas, y al ver el “archivo grande” que llena las cuatro paredes de una habitación exclamó con gran sorpresa: “¡Miren nomás cuánto espacio desperdiciado! ¿Para qué quieren tantos libros? ¡Quémenlos o tírenlos a la basura! ¿Ya los leyeron siquiera?”. Y al contestarles que sí, que además servían como libros de consulta para sobrinos, nietos y demás visitantes, dijo: “¿Y qué no pueden ir a la biblioteca? “Si sacan todo ese trochilero, aquí se puede poner un sillón, allá una cama, acá la televisión y hasta un estéreo”. Afortunadamente mis hermanas no le hicieron ningún caso y los libros y revistas siguen ahí. Y en mi archivo también siguen, aunque Tato ya dijo que cuando me muera él va a vender todo.
Don Anacleto Berumen González (mi abuelo) nació el 12 de julio de 1858, además de dedicarse a tener hijos con su mujer, doña Juana de la Torre, y dedicarse a la agricultura y el comercio, le daba por escribir poesía y cuentos, por leer revistas y libros, y esa afición le era muy criticada por sus amigos y compadres porque le decían no tenía utilidad alguna en el rancho (La Estancia de los Berumen). “Suerte te dé Dios, que el saber poco te importe” fue un refrán muy conocido en la familia.
Mi abuelo, hacía frecuentes viajes a Zacatecas, para llevar chorizo, carne seca, huevos, quesos y con la venta de esos artículos compraba la mercancía que vendería luego en el tendajón que tenía en el rancho. A veces compraba libros y periódicos y se regresaba trepado en uno de sus burros leyendo, recitando en voz alta los poemas que leía, al cabo los animales nomás orejeaban y no decían nada, aparte que no necesitaban rienda porque se sabían muy bien el camino. Cuando llegaba a La Estancia, doña Juana pegaba el grito en el cielo por lo que consideraba era un despilfarro: gastar parte de las ganancias en papel que no servía de nada, ni para envolver mandado.
Don Anacleto murió joven, el 6 de noviembre de 1912, de una neumonía que no pudo ser curada con los cocimientos y emplastos habituales en ese tiempo. De nada sirvió la enjundia de gallina hirviendo, de nada la manteca de coyote untada en el pecho, de nada los cogollos de maguey con alcohol. Luego que los hombres del rancho y familiares de mi abuelo (casi todos) dejaron su cadáver en el campo mortuorio de “La Providencia”, mi abuela y tíos mayores sacaron todos los papeles y libros y los quemaron en el corral de la casa grande de La Estancia. Mi papá, que entonces solo tenía cuatro años, contaba luego que él supo de eso por pláticas de mi abuela.
LA QUEMA DE LA CALLE DEL ESPEJO
Don Margarito Acuña
Desde 1913 la pequeña ciudad de Jerez agonizaba gracias a los enfrentamientos de villistas, huertistas y carrancistas. En 1915 llega el joven general federal Agustín Albarrán Torres al frente de un regimiento de caballería y se dedica a reorganizar los servicios de la ciudad. Pero los villistas no reconocían a los carrancistas por lo que el viernes de Dolores, 14 de abril de 1916 llegaron hordas de estos sujetos encabezados por el nefasto Dionicio García y con lujo de violencia tomaron la ciudad. Albarrán se rindió ante la superioridad del enemigo y salió con lo que quedó de su tropa rumbo a Zacatecas. Los villistas se dieron la gran vida: por 22 días hubo un saqueo generalizado, quema de casonas, mercados y comercios. A principios de junio regresa el general Albarrán y hace huir a los saqueadores.
Cuenta don Margarito Acuña en sus memorias, (quien para entonces tenía 48 años, pues nació el 22 de febrero de 1868), que por toda la calle del Espejo estaban las puertas rotas, los revolucionarios buscaban afanosamente casa por casa, destruyendo muebles que aventaban a la calle, rompiendo las macetas, buscando en el fondo de ellas “el guardadito”. “Fueron 4 pianos verticales los que conté en la primera y segunda cuadra de esa calle, los estaban quemando junto con lujosas mesas, sillas y camas. No entendía: si lo que querían eran dinero, sacaban más vendiéndolos que quemándolos”.
Refiere nuestro cronista (don Margarito) que a la mitad de la primera cuadra estaban amontonando los libros que sacaban los soldados de las casas vecinas, y que él temeroso se acercó ante el que parecía tener más rango y le preguntó que si le vendía los libros. “El sujeto se rió a carcajadas y les habló a los demás para decirles entre risas que el catrincito barbón compraba los libros”.
Se le acercaron agresivamente otros villistas y no le quedó de otra a don Margarito que repetir la oferta. “-¿Y de dónde va a sacar el dinero pa’ pagarlos?” –Le preguntaron. El señor Acuña expresó que tenía algunos ahorritos y que si no los compraba todos, al menos algunos. “Po’s sí se los vendemos, pero nos los paga con dinero de oro o plata, no con billetes de los de Pancho Villa, ni con cartoncitos de don Justo Avila que esos no valen”. (Ni los mismos villistas querían sus billetes). El oficial puso a unos de sus soldados a que apartaran los libros: “A dos centavos los que tengan letras, a tres los que tengan monitos y los delgaditos se los regalamos”. Don Margarito consiguió luego un carretón donde luego de contar los libros se los aventaron por montones. “Según mis cuentas eran como 43 pesos, pero ellos hicieron sus propias cuentas y me cobraron 18 pesos con 74 centavos, que pagué con moneditas de plata, de las de 1900”.
“Mi esposa, María Martínez, se quedó sorprendida al verme llegar a la casa de la plazuela con un carretón lleno de libros, pero me ayudó a bajarlos y acomodarlos en pilas en una habitación al fondo de la casa. Muchos de ellos los devolvería luego a sus originales dueños”.
LOS LIBROS ROBADOS DEL ARCHIVO PARROQUIAL
Don José María Hinojosa Escobedo
El 5 de julio de 1867 don José María Hinojosa, que era el juez civil de Jerez, se presentó en la notaría parroquial reclamando a nombre del gobierno del estado se le entregaran todos los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Y como ya iba preparado para llevárselos, se posesionó de 96 libros: 56 de bautismos, 22 de matrimonios y 18 de defunciones. Ayudado por los agentes se los llevó al juzgado. ¿Dónde quedaron esos libros? Los historiadores suponen que fueron quemados cuando se tomó Jerez en abril de 1913. En los archivos hay un gran vacío, gracias a que don José María Hinojosa se llevó todos esos documentos. Después, dicen que ha habido otras sustracciones de libros.
Cabe decir que don José María era una persona ilustrada, y fue gracias a su empeño que el Teatro que lleva su apellido se hiciera realidad. Quizá el celo liberal le llevara a llevarse los libros parroquiales para integrarlos al archivo del municipio.
LOS ARCHIVOS ACTUALES
En Jerez solo hay cuatro repositorios o archivos de valía: El archivo parroquial que fue rescatado y ordenado en épocas pasadas, al cual muy pocas, poquísimas personas tienen acceso. El archivo histórico del municipio del que se ha adueñado el encargado y solo permite la entrada y consulta a sus íntimos amigos. El archivo del registro civil. Y por supuesto, el mío. (Hay que aclarar que el archivo de Bernardo del Hoyo no lo cuento porque está en Guadalupe).
No es por presumirles, pero mi archivo lo considero el más floreciente, creciente y desordenado. Ahí hay documentos originales (y muchos) que hablan de Jerez en los siglos pasados. Hay fotocopias de expedientes completos. Hay fotografías (originales también). Copias digitalizadas de fotos, documentos, ilustraciones, etc. Y se ha nutrido de generosas aportaciones que gente de Jerez hace. “Tenga, le regalo estas fotos porque sé que usted sí las va a usar y dar a conocer”. “Venga por unos papeles, si no, los tiramos a la basura”. También de copias de archivos que se encuentran por diversas partes del mundo y que me son enviadas por correo (de ese que muerden los perros) y por e-mail. Hay libros familiares (de esos que escribían las abuelas o abuelos para dejar constancia de diversos hechos ocurridos en su familia). Recetas antiguas, impresos viejos, etc. Mención aparte, los documentos que en archivos del otro lado del charco me han sido enviados. Y por si fuera poco, registros de los archivos que no puedo ver pero que están microfilmados gracias a los mormones.
Antes, acostumbraba atender con amabilidad a quienes acudían a solicitarme algún dato, foto o les contara sucesos antiguos. Ya no, con la misma amabilidad que me caracteriza (¿cuál?) los mando donde oficialmente los deben atender, con el cronista de Jerez, aunque nunca está.
Mis detractores apedreando mi archivo